Arte de la pedrada
Ú ltimamente, en León tiras una piedra y escalabras a un jurista aficionado, a alguien que no sólo tiene su propia teoría sobre la sentencia del caso Carrasco sino que -además- la emite. Por eso, me alegré cuando al coincidir con una conocida abogada y preguntarle su parecer sobre la misma me contestó con un prudente: «aún no la he leído, ya te diré». Gracián llamó «Oráculo manual y arte de la prudencia» a su famoso libro de aforismos, que pese a haber sido escrito en el siglo XVII aún es muy reeditado. Este columnista no tiene opinión alguna sobre la sentencia. Las voces han de tener peso. Y la mía carece de él en este asunto. Admito que pueda resultarles paradójica mi reticencia, pues llevo treinta años escribiendo una columna, pero créame el lector que sólo me considero voz autorizada en tres de cada cinco tomos del Espasa, como todo quisqui. Quién sabe muy bien de lo que opina es Martínez Majo en su defensa de la corporación provincial que preside: «Alguno en el Senado tuvo que buscar en el diccionario qué es una diputación», ha declarado con retranca. Allá en la Cámara Alta, los hay que creen que pueblo se escribe con hache, y así no hay manera de que lo encuentren. Si en Madrid quieren saber cómo se prepara el botillo ¿no será más razonable pedir la receta a Gil y Carrasco que a Falete?
Ayer se cumplieron 55 años de la primera historieta de «13 Rue del Percebe», del gran Ibáñez. Muchos de esos personajes que quedaron —en apariencia— anacrónicos con los nuevos tiempos vuelven hoy a parecernos reflejo de nuestra actualidad. Más aún, hay días que te pide el presente soltar aquello de Feliciano de Silva, que tanta gracia le hacía a Cervantes: «La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura».
Leo en este periódico el impactante titular: «Los dinosaurios viven entre nosotros». Sobre este tema sí podría opinar con cierto conocimiento. Haberlos, haylos, pero no me pidan nombres que es de mala educación señalar. «Nunca se extinguieron, pero ahora son pájaros», se argumenta. Pues sí: de cuenta. En fin, dejémoslo aquí por hoy, no vaya a ser que me lleve la pedrada que iba destinada al jurista aficionado.