Diario de León

TRIBUNA

¿Precipitó el cristianismo la caída de Roma?

Publicado por
Felipe Fernández de Mata Abogado bañezano
León

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E n los últimos tiempos parecen gozar de reconocimiento las tesis que apuntan a que la desaparición de Roma se debe a la infiltración del cristianismo, que acabaría minando el Imperio y haciéndolo desaparecer, haciendo preponderar esta idea sobre cualquier otra consideración.

Roma era el sentido práctico, el comercio, el mercado, las materias primas, era el ejército y el Estado al servicio de sus principios y de sus ideas. Era también la convivencia perfectamente reglada a través de normas jurídicas. Durante una gran parte de su historia, el llamémoslo así, pasaporte romano, equivalía a un privilegio. Ser ciudadano, tener la ciudadanía, podría equivaler ahora al ‘EEC only’ o al espacio Schengen de las fronteras y aeropuertos europeos modernos, y su uso se generalizó en el siglo I antes de JC, aunque su extensión completa llega tres siglos más tarde. Inglaterra y después Estados Unidos han pretendido recibir el espíritu romano en sus imperios, en sus estados.

España fue diferente, pienso que fuimos en nuestra historia más parecidos a Grecia. La fuerte regionalización, los estados-ciudad de entonces, o antiguos reinos o regiones de hoy, el espíritu indómito, el pensamiento, el desprecio hacia el mercado y el comercio, nos aproximan más a la Grecia clásica que a Roma, aunque no es menos cierto que somos romanos en nuestro origen y desarrollo histórico.

Sobre la idea que encabeza estas líneas, creo que los romanos no fueron destruidos o absorbidos por el cristianismo. Antes al contrario. Todos sabemos desde antiguo que una de las razones del éxito y la rápida expansión de Roma radicó en que cuando conquistaban una tribu,  imperio o reino, incorporaban sus deidades al Olimpo propio. No perdían años ni siglos en querellas ni disquisiciones de fondo religioso con las culturas conquistadas. Eso sucedió claramente primero con los etruscos, luego con Grecia, después con los persas, y también entre otros, con los egipcios y con los judíos y su nueva religión.

La decadencia de la Roma, como está profusamente tratado desde hace siglos, halla su origen en la excesiva extensión, en la desmedida riqueza que alcanzó el Imperio y en la pérdida de los valores de la Roma fundacional: los de la República (con mayúsculas), anterior al Imperio, cuando se establece el latín, el Derecho Romano, y las bases de una convivencia que se extiende desde el 750 a.J.C., hasta el 475 d.J.C., en total 1.225 años.

La extensión y la riqueza o la opulencia, generaron corrupción generalizada. La talla moral de los emperadores ya no era la de los Cónsules de la República, ni siquiera la de los Triunviros previos al Imperio. Salvo raras excepciones, que han pasado a la Historia (Augusto, Trajano, Adriano, Constantino, Tito, Septimio Severo y algunos más), un gran número de emperadores se aplicaron a conseguir el poder por cualquier medio. Todo valía, las intrigas, componendas, largos periodos de anarquía, o golpes militares. De esta manera, fueron desfilando por la más alta magistratura romana, el Imperio, figuras fugaces que desaparecen sin dejar nada digno de ser recordado. Alguien puede recordar quiénes eran Aureolo, o Tétrico, o Ingenuo, o Quieto, o Volusiano...Todos tuvieron en común el haber sido emperadores de Roma.

En los siglos IV y V, ya no se aplicaban los principios «Honeste vivere», «Alterum non laedere» y «Suum quique tribuere» de los momentos estelares del régimen romano.

La relajación de los principios fundacionales, la corrupción muy extendida, los golpes de estado, y finalmente, las migraciones masivas, que no siempre fueron violentas como la de Atila, sino más bien un goteo de siglos, son las razones que acaban precipitando a la ruina al imperio, que ya no era ni su sombra. Sólo resiste la parte más fuerte y más fiel a sus ideas: el Oriente de Justiniano, cuyos sucesores mantuvieron la llama romana casi mil años más, hasta el año 1.453.

El tomo III de la Historia de España de Menéndez Pidal describe con detalle las invasiones bárbaras y cómo llegaron a España. No, no vinieron al galope, como vemos en las antiguas enciclopedias. Comenzaron muchas décadas antes, cuando «el limes Germanicus», o la frontera defendida por las legiones se debilitó. Llegamos especialmente a un invierno extremadamente frío en los últimos días del año 406, cuando se heló el Rin, y las tribus desesperadas por la hambruna, lo cruzaron con carromatos por encima del hielo. Venían vándalos silingos y asdingos, alanos, cuadosuevos y en la migración participaron los jóvenes, las mujeres, los hijos y los ancianos. Tenían hambre y ambiciones de mejorar. Arrasaron las Galias y vinieron a Hispania. Fue un proceso de varios años, muchos hasta que la pertenencia de Hispania al Imperio romano y el propio Imperio, se desvanecen.

No pretendo en absoluto extrapolar lo sucedido entonces a la Europa actual, mi única aspiración ha sido compartir mis ideas con los lectores. Por lo demás, y en lo que a mí respecta, estoy orgulloso de ser un hijo de Roma en la mayor parte de mis creencias, hábitos, formación jurídica y  relación con el prójimo y con los ciudadanos.

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