Diario de León
Publicado por
Juan Ignacio Sánchez Pérez catedrático del IES Padre Isla
León

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C on este aforismo solemos expresar la idea de que cada uno ha de organizar su propia vida y no meterse en la de los demás. No me parece que sea buen consejo, si lo que se pretende indicar es que uno se ha de mostrar indiferente ante la vida de los demás. Pero no pretendo ahora referirme a ese sentido, sino al significado literal de la expresión, que podría ser: «vive tu vida y permite a los otros que vivan la suya». Incluso sería mejor aún, aunque vayamos más allá de la literalidad, decir: «construye tu vida y ayuda a que los demás construyan la suya».

Este imperativo no parece que debiera suscitar ningún reparo en nadie, cualesquiera que sean sus principios. Sin embargo, en nuestro mundo actual —y me refiero a lo que solemos llamar cultura occidental— hay demasiada gente que piensa que ayudar a vivir a otros seres humanos consiste, en determinadas condiciones, en impedir que nazcan o en provocarles la muerte, es decir, en arrogarse el derecho a decidir qué es vida y qué no es vida, en qué situaciones no merece la pena vivir según un supuesto criterio de calidad de vida, como si solo a partir de un nivel cualitativo mínimo la vida se pudiera considerar tal.

Y en esto ya se puede percibir que, en el fondo, quienes así piensan (aunque no quieran reconocerlo) cosifican al ser humano. Si un coche, por ejemplo, está tan viejo y desvencijado que no resulta útil, lo que hay que hacer es desguazarlo, y, si en un coche nuevo se observan defectos graves irreparables, lo que hay que hacer es destruirlo, quitarlo de la circulación (nunca mejor dicho). Pero el hombre no es una cosa, no es un objeto, sino un sujeto; no es algo, sino alguien. Una concepción adecuada del hombre implica afirmar que nadie puede poseerlo, ni comprarlo ni venderlo, ni decidir si es útil o inútil, si cumple o no tales o cuales especificaciones y que de eso dependa su valor y su propia existencia. Nadie es dueño de la vida de los demás, ni siquiera de la suya propia, pues nadie puede decidir cuándo empieza su vida y cuándo acaba (como proceso natural).

Pero el hombre occidental del siglo XX y del siglo XXI, tan sensible que le espeluzna —con toda justicia y razón— la pena de muerte o el infanticidio (¿qué sentimientos nos produce conocer la noticia de que una madre ha dejado a su hijo recién nacido en un contenedor de basura?), se queda tan tranquilo cuando se entera, por ejemplo, de que en España en el año 2015 ha habido casi 100.000 abortos provocados legales (uno cada cinco o seis minutos) y no se sabe cuántos ilegales (incluidos los de fetos de seis y siete y hasta ocho y nueve meses) y que se han congelado o destruido miles de embriones, cada uno con un código genético único e irrepetible —hoy lo sabemos a ciencia cierta—, y no sé cuántos discapacitados, ancianos o enfermos graves eliminados apenas disimuladamente. Y ello en aras de la calidad de vida («si no se alcanza o se pierde el nivel X, deséchese»), de una falsa piedad («pobrecillo, que no sufra», decimos como excusa, cuando hoy día las unidades de cuidados paliativos funcionan muy bien), casi siempre hipócritamente, pues lo que pretendemos es que no nos compliquen la vida, que hay que disfrutarla. Ya Julián Marías decía hace años que la mayor tragedia del siglo XX es la aceptación social del aborto.

Nada me rechina tanto en los oídos, como frecuentemente ocurre en ambientes de adolescentes o jóvenes o de gente mayor incluso, que se diga que un hijo inesperado viene a destrozarnos la vida. ¿Cómo se puede explicar que en los análisis sociológicos casi todo el mundo considera la familia como el valor supremo y, sin embargo, se renuncia a formar una similar? ¡Cuántas veces oímos a alguien hablar con todo orgullo de sus padres y de sus numerosos hermanos, de lo pobres pero lo felices que eran, y, en cambio, no quieren ese modelo para sí!

A los que defendemos el valor de toda vida humana, siempre y sin condiciones, se nos acusa con frecuencia de falta de comprensión y hasta de caridad para con los que sufren por un embarazo que no pueden sobrellevar o por una enfermedad terminal, y de querer imponer nuestro punto de vista y no respetar la libertad y los derechos de los demás. Pero lo cierto es que son los defensores de la vida, de toda vida humana, quienes prestan su ayuda como voluntarios que acogen y apoyan con todo tipo de medidas a las mujeres embarazadas y consuelan y sostienen a los moribundos y a sus familias, quienes promueven la dignidad y el valor de los más débiles y necesitados e indefensos, entre los que se cuentan los no nacidos, los enfermos terminales, los discapacitados, los que carecen de medios para mantener su vida o la de los suyos…

¿Acaso es más ético o más humano no dejar vivir o matar que cuidar con esmero y acoger con ternura al que para conservar su vida, que es siempre lo más valioso, necesita el sostén y el cariño de sus congéneres y de la sociedad?

¿Es que toda persona, por el hecho de serlo, no está obligada a cuidar la vida de los más débiles, a ayudarles a bien vivir y, cuando la naturaleza lo disponga —no el hombre—, a bien morir, a defender la dignidad inalienable de todo ser humano?

Los cristianos forman parte de los que saben que la vida humana es el mayor bien y, por eso, en la fiesta de la Encarnación del Señor (Dios se hace hombre para que el hombre pueda llegar a Dios), promueven la Jornada por la Vida para llamar a todos a defenderla y a comprometerse a cuidarla con acciones efectivas, sembrando esperanza.

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