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José María Prieto escritor y experto en márketing y comunicación
León

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L a verdad es que algo tienen. Digo las actas de los diputados con relación al imán. Es como si estuviesen pegadas las unas al otro. No se recuerda a ningún político que, cuando tiene que abandonar el partido, generalmente por haber incurrido en algo mal hecho (algo malo habrás hecho, decía mi abuela cuando me quejaba de algún castigo que yo consideraba injusto), bueno pues no se recuerda a nadie que haya renunciado a su acta de diputado. Alguien dijo que un diputado era un hombre o una mujer a un acta pegado o pegada. Lo del imán que les decía.

Y es que, esa sencilla acción de no devolver el acta, ya define, por si misma, la veracidad de la vocación política real del propietario. O sea, ninguna. Siempre prefieren el acta, es decir, la seguridad, o sea, el dinero. Y eso, no debe ser así. Pero es a juzgar por lo que continuamente vivimos la forma en que actúan los políticos Y nos callamos. Ya se sabe que aquí, nunca pasa nada.

Es cierto que la democracia nos ha llegado pronta y a empujones. La conocíamos por el cine, por las películas donde estaba claro que existía la democracia. Eso lo podemos hacer perfectamente los españoles, pensábamos. Y nos lo hemos creído. Y algo está fallando. Es evidente. Lo que estamos viviendo en España no es verdadera democracia. La palabra la empleamos mucho, sí, quizá demasiado. Nada más que la palabra. Lo demás cuesta un poco más. Solo con echar por encima una mirada a lo que pasa a nuestro alrededor, si somos honestos, lo debemos reconocer.

Desde banderas que no se ponen en ayuntamientos y edificios oficiales en algunas autonomías, hasta la imposibilidad que un niño reciba educación en español, pasando porque tenemos una autonomía con embajadas por el mundo. Con un par. ¿Alguien recuerda haber oído silbar el himno americano, por jemplo? Pues qué quiere que le diga. Somos una democracia sui géneris. Es decir, no somos una democracia. Tenemos casi todo para serlo pero, en realidad, no lo somos. Y la pregunta es ¿queremos serlo?

Tenemos Congreso de Diputados, tenemos Senado, respetamos en líneas generales el Estado de Derecho, disfrutamos de libertad, tenemos partidos, celebramos votaciones, tenemos una Constitución que, hasta el día de hoy, ha sido la guía que nos marcaba el camino del bien hacer. Y tenemos muchas más cosas. Pero, ¿tenemos democracia de verdad? Pues de aquella manera que diría un catalán.

Basta con mirar a Europa, que debería ser nuestro espejo, para ver con claridad que ellos, los europeos tienen democracia. Llevan más tiempo, cierto, pero tienen democracia.

¿Verdad que actúan de forma diferente a la nuestra? ¡Por qué?

Sencillamente porque nuestra democracia, dicho con todo el respeto, es un “quiero y no puedo”. Por un lado, demasiado joven, como el vino del año, no tiene la solera que necesita un reserva. Y por otro, confesemos que también hay que aprender a ser demócrata. No todo vale por el mero hecho de decirlo. No. En cualquier asunto de la vida, la experiencia es un grado. En democracia es mucho más que un grado y eso lo estamos aprendiendo. Necesitábamos presumir de democracia después de tanto tiempo sin tenerla y demostrar al mundo que los españoles podíamos vivir en democracia. Y eso estamos haciendo.

Y ahora que la tenemos no hacemos lo que ella aconseja o dicta, menudos somos los españoles para que nos impongan algo de lo que podamos protestar y si no podemos da igual. Lo hacemos. Protestamos. Y eso es lo que ocurre. Y ese es el camino para que nunca se asiente la democracia entre nosotros o tarde mucho, mucho, mucho. Nos pasamos años y años echándola de menos y ahora se nos hacen los dedos huéspedes y poco hemos aprendido, como no sea decir ciudadanos y ciudadanas, españoles y españolas y cosas por el estilo. Con eso creemos que ya hemos cumplido. ¡Qué equivocados estamos! Pero lo iremos aprendiendo

Puede que, en un par de generaciones, digo yo, nuestros hombres y mujeres de entonces, practiquen y disfruten de la democracia. Hoy no es posible aún. Los hechos nos lo demuestran y hay que aceptarlos. Bien que querríamos que no fuera así. Pero lo es.

Entonces, en el tiempo futuro, los que sean diputados habrán aprendido que, cuando uno dimite, debe dejar su acta a su partido y, por ende, a su país. Ellos sabrán muy bien como emplearla en beneficio de todos, como aconseje la democracia.

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No quererse despegar del Acta de Diputado es abusar. Y eso, no está bien. No lo haría un buen demócrata. Pero ….