Diario de León
Publicado por
LA GAVETA CÉSAR GAVELA
León

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I ntuí a Faulkner cuando no sabía de su existencia. Por entonces hacía poco que había muerto el escritor. Fue en 1962, a los sesenta y cuatro años. Entreví la áspera poesía de sus cuentos y de sus novelas. Sucedió mientras me impregnaba de la lentitud del verano en una larga jornada en Cacabelos. Había ido en la parte de atrás del coche, muy apretada la familia casi patriarcal. Y desde la ventanilla miraba con una curiosidad inmensa. Esa mirada que lo mismo vale para observar un pueblo de Tennessee que la villa del Cúa. Porque, a la larga, no hay tanta diferencia cuando lo que se contempla es la vida: casas, árboles, aguas, factorías, personas. Personas que a veces traslucen sus amores o sus penas, sus esperanzas e infortunios, su resignación o su rebeldía.

Faulkner, su mundo grave se me reveló en aquel viaje a Cacabelos. La población es llana, tenía perspectivas largas de viñas y árboles, de chalets casi coloniales, de carretas que tiraban caballos, de algún hombre muy bien trajeado, de un grupo de alcohólicos sonrientes en la terraza de un bar. Faulkner junto al Cúa. Y perros, y bueyes, y un hotel muy cerca del río en el que —me dijo mi madre— había estado alojado mucho tiempo atrás un príncipe ruso.

Todo era tan Faulkner que hasta presentí los monólogos de algunas de aquellas personas. Las tristezas y los fracasos, también las ilusiones. Y la compartida sensación de que todos los seres humanos somos muy desvalidos, demasiado. Faulkner me esperaba y yo lo vi en un viejo taller de toneles. Unos hombres de camisa blanca y pantalón oscuro estaban por allí, algunos niños. Como personajes de una fotografía aún mucho más antigua. Todo convertido en literatura aunque yo no lo podía saber entonces. Todo de repente descubierto por dentro, quemando la tarde sosegada.

Ese tiempo, ese pulso, las aguas del río, los chopos y el molino, la iglesia de las Angustias y la plaza mayor: todo eso lanzó su simiente de melancolía y belleza, cayó sobre el niño viajero. Y ahora, tantos años después, auras de aquella tarde han vuelto a Cacabelos. No de la mano de Faulkner, pero sí en las imágenes de la exposición que acaba de inaugurarse en el Museo Arqueológico de esa villa de origen romano. Memoria de un tiempo de almacenes y utillajes, de sueños de ir muy lejos, de tiendas de andar por casa. Memoria de amores borrosos, de gentes remotas que murieron, de otras de las que ya no se acuerda nadie.

Y ahora, inesperadamente, veo a Faulkner, al viejo señor del Mississippi. Viene silencioso desde el puente, con su cigarro en la boca, con sus frases difíciles porque querían decirlo todo. Luego se detiene y observa el viejo camión aparcado frente a la bodega de Vinos Guerra. Un camión norteamericano de 1944, un Ford de color verde. Que pasó de trasladar cadáveres de soldados a llevar cubas de vino del Bierzo.

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