Diario de León
Publicado por
MARINERO DE RÍO EMILIO GANCEDO
León

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Hay prensa tendenciosa y prensa de tendencias, y uno sabe que está ante lo segundo cuando empieza a leer y se encuentra con esto: «La felicidad tiene tanto que ver con la economía como con la temperatura de un café o el tacto de una mesa de madera...». Canastos, que dirían Yogui y Bubu. La cosa promete, sigamos adelante. «Los daneses son los más felices del mundo gracias al hygge, un concepto que el resto de países querríamos poseer...».

Hay mucha variedad de articulazos como ese, ilustrados con imágenes de flores, pies descalzos y velitas aromáticas, y navegando por ellos se entera uno de que no hay afición más relajante que montar armaritos con ayuda de una llave allen (¿seguro?, repito, ¿seguro?), ponerse un jersey de lana o arremangarse una mañana para amasar y cocer pan de centeno.

Los suplementos de moda y style (¡wow!), son a veces un teatrillo de publicidad verdaderamente poco encubierta, con fotos tratadas hasta el almíbar y una simpleza tal que la propia mirada resbala por su pulida superficie como sobre una pista de hielo. No sólo es que nos intenten vender pintas, trapos, potes y peinados como puro y rabioso estilo cuando detrás hay toda una jungla de intereses comerciales sino que encima pretenden haber descubierto la pólvora.

Y todo ello colgado de la percha de modelos-cyborg, personas irreales que parecen haber sido sacadas de una caja entre bloques de poliespán y plástico de burbujas, metas a seguir que, es sabido, suelen llevar a muchas y muchos a la ansiedad, la zozobra y la frustración.

Hygge, dicen. El secreto de la felicidad se esconde en un palabro impronunciable para alguien de Valbuena del Roblo, pero a lo que alude ese término de moda, pasto de conversaciones en pleno brunch, es algo que aquí llevamos practicando desde Suero de Quiñones. Como mínimo.

Acompañar el café de después de comer con tertulia y un par de botellas de orujo. Echarse la siesta en el escaño. Pasarse la tarde barajando las viejas fotos que tu tía guarda en una caja de costura. Caminar hasta el río y verlo bajar bramando como un toro. Subir al monte y descubrir unas piedras que, sabe Dios, podrían haber formado parte de un antiguo castro. Tomar las sopas en el mismo cuenquín donde las comías de pequeño. Las setas. Los corros de lucha. Coronar la collada y sentarse allí a pensar. Qué coño hygge. La vida prestosa.

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