Ballenas
Antonio Tabucchi escribió en una ocasión que el Occidente no tiene fin. Que podemos perseguirlo a nuestro antojo y que jamás, jamás, lograremos darle alcance.
El Occidente viaja con nosotros.
«Así es el mar ignoto que se extiende más allá de las Columnas», escribía el autor italiano enamorado de Portugal en su libro Dama de Porto Pim, y se refería a las legendarias Columnas de Hércules, claro, que señalaban el comienzo del Océano Atlántico en el Estrecho de Gibraltar, y a la enorme extensión de agua que separa Europa de América.
En ese mar ignoto de Tabucchi, «infinito e igual a sí mismo», emergen «como la pequeña espina dorsal de un coloso desaparecido, pequeñas crestas de islas, nudos de rocas perdidos en el azul».
Las Azores.
Islas de lluvia abundante y sol despiadado, el autor de Sostiene Pereira viajó hasta el archipiélago portugués para escribir un libro de viajes, real e imaginario, y a la vez un tratado minúsculo sobre las ballenas que guarda un eco de Moby Dick, la gran novela de Melville. El libro incluye, además, una búsqueda de los últimos balleneros, entregados a la caza del cetáceo; la biografía concentrada de un poeta desgraciado, Antero de Quental; el fragmento de una conversación en un barco y el relato de una traición que el autor —«ladrón de historias», le han llamado— le robó a un antiguo pescador en un local nocturno frecuentado por turistas norteamericanos.
En Dama de Porto Pim, un libro entre la leyenda y la literatura, encuentro la narración más intensa que he leído sobre la caza de una ballena. «Aflora de nuevo la cola, impotente y lastimosa como una vela negra», escribe Tabucchi para narrar la agonía del cachalote alcanzado por un arponero. «Y por último emerge la gran cabeza y ahora oigo el grito de muerte, un lamento agudo como un silbido, estridente, desgarrador, insostenible», describe.
Y al leerlo casi siento que el arpón me alcanza a mí también. Que las islas Azores no son sino la espina dorsal de una ballena. Y que la muerte nos alcanza siempre, antes o después, aunque el Occidente, ese mar ignoto que se extiende más allá de las Columnas de Hércules, se desplace con nosotros.