TRIBUNA
¡Existieron las vacas de leche en la montaña!

A quella noche de diciembre, Hugo acababa de llegar a casa de sus abuelos. Era día 23 y en el colegio ya habían comenzado las vacaciones de Navidad. Toda la familia estaba reunida; incluso, su primo Carlos, que era un niño muy travieso, y su prima Luisa, que ya tenía 16 años, y no dejaba de mirar el móvil. En una de las muchas travesuras de Carlos, se cayó al suelo el álbum de fotos de la abuela Josefa; que como todas las abuelas que nacieron en la época del papel, guardaba sus fotos como oro en paño. De entre todas las fotografías que había en el suelo, la que más le impacto a Hugo, fue una en la que aparecía el abuelo Benigno, que en ese momento estaba sentado en el escaño de la cocina. El abuelo aparecía en el concurso de ganado de León del año 1985, con su vaca Paloma. Había ganado el premio de Gran Campeona del concurso de raza parda. Se le veía altivo, alegre y con una gran sonrisa que iluminaba su cara, ¡casi irreconocible!
Hugo fue corriendo a la cocina, con la foto en la mano. Corría porque él a sus 11 años, en el pueblo de Torrebarrio, nunca había visto una vaca de leche y ni se podía imaginar que el abuelo las había tenido. Durante sus pocos años de vida, jamás había escuchado a su padre, ni a nadie de la familia, hablar de las vacas de leche. Él pensaba que, solamente, habían tenido vacas de carne. Gritando y perseguido por su primo, se colocó delante de su abuelo. Hugo notó cómo su abuelo se estremeció como si hubiera visto un fantasma. Pensó que algo estaba pasando y él quería saberlo: no se podía quedar sin saber a qué se debía la reacción de su abuelo.
El joven decidió preguntar a su abuelo: —¿Alguna vez hubo vacas de leche en la montaña?
El anciano miró a Hugo y, con voz ronca y temblorosa, le explicó: —Aquí, hijo mío, era donde estaban la mayoría de las vacas. En este pueblo, llegaron a existir más de 2.500 cabezas productoras de leche. Nosotros llegamos a ordeñar más de 50. Comenzamos con dos vacas, que nos dieron, a tu abuela y a mí, tus bisabuelos. Las ordeñábamos a mano, y tu abuela era mucho más rápida que yo. La leche pasaba a recogerla un quesero de La Pola de Gordón y, en aquellos tiempos, se entregaba en cántaras de 40 litros, esas mismas, que ahora tu madre pinta y utiliza como paragüeros.
Hugo observaba que su rostro era de dolor. Entonces, comprendió, que ya era hora de hablar con la abuela Josefa. Sentada y cosiendo estaba la abuela, que, en apariencia, era más frágil que el abuelo. Pero solo en apariencia. Era más fuerte por lo mucho que le había curtido la vida. Hugo le interrogó: —Abuela, cuéntame más de las vacas de leche de casa.
La abuela le pidió que se sentase a su lado, así que se recostó en su regazo. Le contó cómo las vacas que estaban secas y las novillas se subían al puerto y allí pasaban los meses, desde mayo a noviembre; y cómo ellos subían a verlas cada ciertos días y, también, a dar de comer a los mastines, que las cuidaban para que los lobos no se las comieran. Le contó cómo en verano recogían la hierba para dar de comer a las vacas en invierno; y le explicó, que hace años, recogían más de 6.000 paquetes pequeños. La abuela le narró que en los crudos inviernos de Babia, cuando caían unas inmensas nevadas, tenían que hacer túneles para ir a las cuadras, y para sacar el abono, y cómo la leche se almacenaba hasta que podían salir los tractores. El niño quería saber más: —Abuela, ¿y tanto trabajo merecía la pena?
La abuela le respondió: —Claro que sí, hijo, nosotros con cuatro vacas que empezamos, conseguimos llegar a ordeñar 54, y con esas, hicimos la casa y pudieron estudiar tu padre y tus tíos. Antes se podía vivir dignamente.
Hugo observó que los ojos de la abuela se llenaban de lágrimas y su curiosidad le llevó a continuar preguntando: —¿Cuándo las quitasteis abuela?
Le explicó que 2006 fue el año más triste de sus vidas. En la zona, los lecheros pagaban menos cada día y decían que era muy costoso trasportar la leche, algo que no entendían porque en años de escasez de hierba buscaban alfalfa de Paredes de Nava y el porte era poco dinero, comparado con la diferencia que había entre la leche de Babia y la de la vega de León. La abuela le narraba: —Entonces, tu padre que es el mayor, hablando con el abuelo y conmigo, decidió quitarlas, y lo recuerdo, porque pensamos que el abuelo enfermaba, ya que estuvo medio año que no dormía, adelgazó 16 kilos, y le sorprendí llorando a escondidas muchas veces. Él solía decir que había nacido a los pies de una vaca de leche y que quería morir del mismo modo, pero por culpa de las industrias, no lo consiguió. Desde esa fecha, en esta casa, no se había vuelto a hablar de las vacas de leche hasta hoy, que has visto la fotografía.
Hugo le dijo a la abuela: —Yo, cuando sea mayor, quiero tener vacas en Babia.
Ella le besó y con una voz entre nostálgica y burlona le contestó: —Hijo mío, jamás volverá a haber vacas de leche en Babia.
La conclusión, a la que llegó Hugo, de 11 años, fue que la vida es dura; pero nada comparable a la de la gente de la montaña, que, como sus abuelos, trabajaron para sacar a una familia adelante. Sin una queja, sin un día de fiesta, sin saber lo que es eso de las vacaciones… ¿Y todo para qué? Para que por los caprichos de las industrias y de unos políticos nefastos, las montañas se queden sin vacas de leche, y, en definitiva, sin gente.
Hugo se quedó preocupado y una pregunta rondaba por su cabeza: —¿De qué viviremos los niños de mi generación viendo como estamos dejando las zonas rurales?