Elogio de la pinga y la berza
A divino la tristeza del exministro Soria apeado de su caballito y otras industrias. En su vida retirada tendrá ocasión de leer a sabios estoicos como Fray Luis de León, que elogiaba la descansada vida del que «disfruta del aire que el huerto orea». Después de una vida azarosa e infeliz, Cándido descubrió que el secreto de la felicidad estaba en cultivar un huerto. El patricio romano Cincinato estaba arando el suyo cuando lo reclamó el Senado para salvar a Roma de los volscos, cumplió el encargo y volvió al secreto encanto de las viñas y las berzas. Pimientos no tenía el hombre porque los romanos no habían descubierto América.
En Canarias los hay muy buenos, las pimientas son palabras mayores en las islas. Las hay de muchas variedades cuyos nombres evocan la forma: cuerno de cabra, tomatillo, campana o pinga de gato, por ejemplo. El puta la madre, sin embargo, debe su descriptivo nombre al calibre de su picante interjectivo. El ex ministro Soria, a poco que aprenda a adentrarse en el secreto de las pequeñas cosas, será feliz cultivando pimientas y escardando cebollinos. A diferencia de la política, que se hace a brochazos y canutazos, en el arte de vivir, como en el arte a secas, el detalle lo es todo. Abducidos por el espejismo de la propia importancia, fascinados por la vida enmoquetada, la vida es lo que nos pasa mientras la dejamos pasar preocupados por las cosas que creemos importantes: tener poder, dirigir un ministerio o administrar empresas panameñas. Vanidad de vanidades, señor Soria.
Las cosas que realmente nos consuelan en el tránsito del germen a la momia son pequeñas como la pinga de gato y funcionan siempre, como los buenos libros, que tratan siempre de lo mismo, de unas pocas cosas que no solo son importantes, sino que son las que nos pasan todos los días. Hay más cosas entre el cielo y la tierra, señor Soria, de las que sospecha su voluntad de poder. La amorosa luz de una lámpara sobre un libro, la contundencia homérica de un mojo picón, el crepúsculo en el barranco de Guayadeque o un gol del Las Palmas son estrofas de un himno luminoso a la vida buena. Tras la dimisión está la vida. Lo supo Cincinato en Roma, pero también De Gaulle en Colombey, donde cultivaba otoñales uvas de Chardonnay, y Churchill en Chartwell, donde cultivaba rosas entre lingotazo y lingotazo de Hankey Bannister.
Investigadores del CSIC de la Misión Biológica de Galicia, en Pontevedra, han descubierto las prodigiosas propiedades antioxidantes de la berza. Si Rajoy descubriera los placeres de su cultivo se quitaría del BOE y del plasma, volvería a su tierra y sería feliz chateando con el viejo amigo Soria sobre berzas y pingas de gato. Y todos tan contentos.