TRIBUNA
Corcuera: Lealtad y patriotismo
D esde que comencé a interesarme por la «doctrina» de la política, y ya van muchos años, nunca como en la actualidad me habían ofrecido tanto «comulgar con ruedas de molino». He tratado de adentrarme en el ánimo de algunos «ungidos», y más que asistir a una endulzada y sosegada «comunión», me veo inmerso y vendido en un maldito banquete.
Es muy posible que quienes lleguen a leer este modesto relato piensen que el comienzo es un esperpento. Pero déjenme decirles, que hoy más que nunca, el sarcasmo que pulula por todos los ámbitos de la sociedad, invita a especular lo que sienten y piensan la mayoría de los ciudadanos de este país. No se trata de establecer un diagnóstico generalizado, sino de incitar a reflexionar a quienes no tienen como axioma el sentido de la responsabilidad. Los que sienten y padecen por cuenta ajena, sólo tienen derecho a reclamar lo que buenamente «renten» la desidia y el fanatismo a inducidas ideas.
¡Lo que son las cosas y las sorpresas de la vida! A don J. L. Corcuera, políticamente se le había relegado al «baúl de los recuerdos» una vez concluida la etapa como ministro de Interior en un gabinete de Felipe González, época en la que la situación política y los problemas en la gobernación del país eran pan de cada día.
La lucha contra el terrorismo de ETA y el tema laboral con las reivindicaciones sindicales le ocupaban prácticamente todo el ejercicio como titular de Interior. Una vez abandonado el cargo, ha pasado prácticamente desapercibido.
Es de recordar aquella frase que pronunció con motivo de las dificultades existentes para desmantelar las bandas terroristas y otros delincuentes, por el espinoso impedimento legal para acceder a los domicilios privados, «si no se puede por las buenas, habrá que dar una patada en la puerta y entrar sin más». Esa frase produjo desprestigio, animadversión y antipatía en aquellos colectivos que, como siempre, se dedican a entorpecer la labor de las Fuerzas de Seguridad en la batalla contra la lacra de la delincuencia, invocando los Derechos Humanos y la privacidad de personas y domicilios. Quien suscribe, nunca condenó tal actitud, pensando que contra la ambigüedad de la Justicia, más por obligación que por decisión propia, debería de imponerse la lucha por la razón.
Cuando hace poco tiempo aparece como comentarista de la situación política, con lógicas y encomiables intervenciones, demostrando una lealtad inquebrantable a su partido PSOE y un patriotismo sin fisuras hacia España y los españoles, la «chusma» de los antisistema-populistas, acompañados por miserables que se dicen socialistas, se dedican a «ladrar» falacias incomprensibles, por las manifestaciones tan claras y convincentes que viene regalando a quienes han tenido la suerte de verle y escucharle en los medios y tertulias en los que ha participado.
Las virtudes de la verdad y la razón, con las que unas veces se nace y otras se aprenden con los avatares de la vida, se les puede con toda garantía atribuir al señor Corcuera. Tanta sensibilidad y asertividad al exponer sus criterios, y la pausada fraseología con contundentes razonamientos, ha revolucionado el modo de entender los asuntos de la política y la democracia y sus consiguientes consecuencias.
La incertidumbre derivada de las últimas elecciones legislativas, con un reparto de votos fraccionando en cuanto los partidos más representativos, y la pedrea para las formaciones residuales, pero con posibilidad de confirmar mayorías muestran una inoportunidad desoladora.
Los resultados al alza de las organizaciones antisistema-populistas, llegan en el momento más extemporáneo de cara a consolidad la salida de la crisis y el incremento de los puestos de trabajo. Si, como se especula, llegara a formarse un Gobierno ‘Supermán Sánchez’ y el populismo amenazante, con promesas imposibles, manás y paraísos de leyenda, esta sociedad se vería abocada a una deriva de seguro naufragio. Grecia y Venezuela son el «paradigma» que nos espera. No es exagerada esta opinión. Dios quiera que no lleguemos a tener que comprobarlo.
Retomamos el protagonismo del insigne personaje, que presume de sus ideales de buen socialista y demócrata, títulos que desempeña con gran apasionamiento. Su único deseo y por el que lucha, es hacer a su partido protagonista de una salida airosa en una situación comprometida y de medroso futuro. Mira a otros partidos, por ejemplo al Partido Popular, con profundo respeto reconociendo el horrendo castigo de la corrupción que le abate en estos momentos, y aceptando que el suyo está a la misma altura en dicho desafortunado baldón.
Es repugnante el tratamiento que recibe de sus correligionarios, acusándole de traidor a la causa. ¿Qué causa? ¿La de venderse a una organización antisistema, con la aviesa intención y el grave riesgo de dejarse arrebatar la historia y la grandeza de la democracia por la que siempre lucharon los verdaderos socialistas? ¿O pactar un Gobierno serio y seguro para continuar la recuperación que está en marcha?
No ha salido de su retiro político a hacer menoscabo de su partido, sino a evitar que los deseos de «grandeza» de su secretario general empujen al partido a un suicidio ritual, despreciando la historia y la democracia por la que durante 137 años de existencia lucharon excepcionales políticos.
Cuando en alguna de las tertulias de radio o televisión, cualquier «arrebatacapas» que presume de socialista rebuzna menospreciando con insultos a este leal caballero, la sociedad de vanguardia en la que me incluyo, recibimos tales improperios como estigmas personales.
Sería bueno que el Comité de Organización del partido en pleno, sopesaran los puntos de vista que el señor Corcuera y demás barones expongan en tan difícil coyuntura, y que los socialistas en general no olvidaran que «la experiencia es la madre de la ciencia» y no la carcoma de los años, sofisma éste que tratan de vender ignorantes alucinados.
Para terminar, decirle al señor Corcuera, que este merecidísimo elogio es compartido por millones de ciudadanos, impresionados por la mente tan preclara que ha demostrado poseer en sus inolvidables intervenciones, y desearle que sus compañeros vena en él una fidelidad inquebrantable a su Partido, al propio tiempo que un patriotismo inquebrantable e insuperable a la España que le vio nacer.