Piojos
A Jan Swammerdam, un holandés del XVII, se atribuye una frase prodigiosa: «En la anatomía de un piojo encontramos la grandeza de Dios». El hombre malversó la vida estudiando el mundo de los piojos con microscopios construidos por él mismo, fue tan devoto de los bichitos que a veces los criaba en su propio cuerpo. La dedicación obsesiva a su ciencia le impidió sentar la cabeza, por lo que pasó hambre y perdió el oremus. Murió joven, de tifus supongo, con arrebatos visionarios y una devoción religiosa por las liendres.
El esplendor de Dios que Swammerdam encontró en los piojos propiamente dichos, es inútil buscarlo en los metafóricos que se adhieren al pelo de una sociedad y la infestan de bacterias. La nuestra tiene tantos que son epidemia y necesitaríamos un Linneo para clasificarlos con su denominación binominal y todo. Especialmente nocivos resultan los ectoparásitos de la corrupción, la pervertida cooptación de las élites y el populismo, esa democracia para perezosos mentales. De ahí vienen las escoriaciones, la piodermitis y la anemia de la desoladora política española. Tras cuatro años de gobierno de Rajoy, las reformas higiénicas prometidas ni han llegado ni se las espera. UPyD, el único partido que mostró con hechos su determinación a fumigar el patio y desinfectarlo, se topó con el ninguneo de la peña.
Refiriéndose a alguno de sus críticos dijo Goethe que cada ballena tiene su piojo. Seguro, de hecho cada mamífero tiene el suyo, aunque el ser humano es el único que tiene tres distintos: el de cabeza, el de cuerpo y el de la entrepierna. Casualmente son los mismos que amenazan a la sociedad española con dejarla postrada en los estragos del tifus. Como el pescado, un país se pudre por la cabeza y el nuestro soporta unas élites que llevan cuarenta años pasándose la ejemplaridad por el forro y degenerando en casta extractiva. Oligarquía parasitaria, vaya, como el piojo de la rapiña que la infecta. El parásito que emponzoña la sangre del cuerpo social es el del desánimo o el del cabreo, según los ratos. En el pubis del país se mueven las ladillas del resentimiento —que es otra forma de decir mala leche— cuya picazón es tan irritante como un tuit de Pabloiglesias.
No hay ningún retrato de Swammerdam, aunque anda por ahí un grabado que supuestamente lo representa, es un fake que se reproduce regularmente, como los parásitos que nos están arruinando la salud y envenenando los sueños. Somos un perro flaco, pero ojalá nuestro mal fueran las pulgas que pican y se van; los piojos, sin embargo, no se van por las buenas. Mi abuela Antonia mataba los de sus nietos con vinagre y después nos lavaba bien la cabeza. La higiene siempre viene al pelo.