Diario de León
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fuego amigo ernesto escapa
León

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E n tres semanas, Robles de Laciana va a festejar el Rocío con la apertura de un museo de fósiles en la vieja escuela. Como el resto de pueblos lacianiegos, Robles también cuenta con su doble retrepado en las altas laderas del valle, que es la braña. La tradición ganadera obligaba a practicar la alzada, que consistía en el traslado veraniego a los puertos para aprovechar los pastos. Cien años después del cambio de cara de Laciana, las veredas de la costumbre siguen comunicando por pendientes abruptas y crecientemente asilvestradas los pueblos del valle con estas colonias ganaderas a las que suben cada año con el calor los rebaños trashumantes. La braña de Robles, un pueblo levemente retraído de la cuerda del valle, es de las más próximas y accesibles. Se encuentra casi a la altura de Sosas y a los pies del Muxivén, un dosmil de resonancia cultural, que bautizó al cine de Villablino, donde tantas fantasías encontraron acomodo y donde recibió Francisco Umbral su primer premio literario en 1965.

La cuerda del valle, que acompaña al Sil entre el Puente de las Palomas y el embalse de las Rozas, no es mucha si se compara con su despliegue por ambas laderas. Pero es la estampa que recibe el viajero de paso por Laciana. Poblados tan sombríos como Villaseca o desordenados como Villablino se encadenan con el legado de los desahucios mineros: escombreras, pabellones mezquinos y lavaderos de carbón. Así que si no dispone de pistas para abandonar esa llaga del valle, lo probable es que pase de largo o acabe por salir corriendo.

Y sería una lástima, porque se estaría perdiendo los mayores atractivos de Laciana. Hasta la braña de Robles suben varios caminos desde el pueblo. El más común pasa por los Fuxaquines y por el desfiladero de la Fervienza y se prolonga hasta las cabañas ganaderas. Aquellos altos parajes se asientan al pie de un bosque de abedules y son lanzadera hacia el cerro de los parapetos, donde todavía pueden verse trincheras y refugios de la guerra. Pero no conviene pisar tan rápido, que la cuesta es pindia, aunque la alivie la compañía vegetal de avellanos, robles, abedules, acebos, fresnos y arándanos. Lo cierto es que ese universo de las brañas abrocha un paréntesis de algo más de un siglo, durante el que la comarca vació sus entrañas, quedando los desechos del carbón dispersos por su alterada geografía. Más que otros lugares, Robles conserva su encanto escalonado en huertas, hórreos, prados, corrales, fuentes y callejas. El lavadero de Carubio, con sus pilones de piedra, mana a través de un sarcófago medieval. La iglesia muestra el testero románico. También el legado de los estíos musicales impulsados por el pintor Arroyo, cuya casa resalta en la pendiente sus adornos escultóricos.

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