Planes de ahorro
L a economía de la eurozona ha recuperado el novel previo a la llamada Gran Recesión, después de ocho años. Ha crecido en modestos decimales, pero siempre es mejor un 0,6% que un cero pelado en conducta, sobre todo cuando la cifra es comparativa. No es que estemos como nunca, pero la verdad es que estamos mejor que antes. Eso es al menos lo que nos dicen Luis de Guindos, Soraya Sáenz de Santamaría y Cristóbal Montoro, que son como los tres Reyes Magos a los que hubieran robado los camellos. Su buena fe es indudable, pero dudamos de su buena esperanza porque la tasa de paro seguirá siendo del 16 por ciento o bastante más arriba durante los tres próximos años. El rendimiento del trabajo, que consiste en quedar rendidos al final de la jornada laboral, corre peligro ahora porque hay cada vez menos gente que trabaja. ¿Qué será de los viejos de mañana, que son los jóvenes de anteayer? Sólo hay una forma de morirse antes. Desgraciadamente, cada vez la sigue un mayor número de personas en los países desarrollados.
¿Cómo se reduce el coste de una campaña en un 30%? La respuesta sería más fácil si se eligieran las vallas electorales y los carteles de los candidatos y los mítines fueran menos largos. «Os será tenida en cuenta cada palabra ociosa». Habría que recordar esta sabia consigna a los oradores. La austeridad siempre ha tenido buena prensa y mejor literatura, pero a condición de que sean otros los que la practiquen. El día en que a un mitin no vaya nadie, salvo el que lo pronuncia y los acomodadores, habremos dado un gran paso para llegar a esa lejana comarca que llamamos «entendimiento común». Sobre todo si leemos los libros o, en su defecto, los programas de los líderes. Si probaran a escribirlos demostrarían no sólo que saben escribir, sino que tienen un programa distinto al de ahorro. Que eso no nos gusta a nadie.