Diario de León
Publicado por
FRANCAMENTE JUAN CARLOS FRANCO
León

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Cada vez que me mencionan eso que la filosofía está condenada a desaparecer de las asignaturas a cursar por nuestros bachilleres, me acuerdo de él. No de Kant (de éste y de sus obras espero que ahora sí se acuerden tanto Rivera como Iglesias, demostrando que esto de la repetición de las elecciones nos va a dejar algo de provecho), ni de Heggel, ni siquiera de Kierkegaard (ya sea en su versión original o de la más popular, extendida a raíz los gags de Faemino y Cansado),… Sino de don Francisco. No es que fuera filósofo, ni lo intentaba siquiera. Su aspecto de bonachón y sus aires de despistado —los mismos que ha conservado con el paso de los años, tal y como tuve la oportunidad de comprobar días atrás al encontrármelo por las calles de Ponferrada—, su hablar pausado y reflexivo, su paciencia infinita para soportar a una treintena de alumnos con pocas ganas de dedicarle una de aquellas tardes de primavera en las que se hacía casi imposible digerir aquello de que «el hombre es el ente privilegiado al que interrogar por el ser, pues sólo a él «le va» su propio ser»... Con el paso de los años he comprendido que no es que el fuera el profesor de Filosofía, sino, la misma encarnación de lo que en sí debe ser la filosofía. Él, entre otros, se empeñó en enseñarnos que el pensar por uno mismo no es un principio, sino la meta irrenunciable. A intentar vislumbrar lo que realmente se esconde detrás de esos llamamientos al corporativismo. A recelar de los sermones de los ayatolás que pululan por nuestra profesión —ora dándose golpes en el pecho, ora rasgándose las vestiduras (con mucho postureo y ninguna autocrítica)— con sus proclamas de defensores de la fe verdadera y una pureza que, ni ha tenido, ni tiene, ni tendrá esta profesión nuestra. Nunca he entendido este oficio como una oenegé. Hasta tal punto es así, que incluso entiendo a quienes, habiéndose proclamado abanderos de no sé qué —echando mano de palabras como deontología,...— hayan sacado algún rédito jugando su papel de torquemadas. Ni pretendo reivindicar nada, ni quiero que estas palabras sean entendidas como críticas, pues allá cada cual con lo suyo. Sólo aspiro a contar historias que interesen y, si acaso, a conjugar, sin faltas, el verbo absorber. Y a aplicarle a la vida esa filosofía que nos enseñó don Francisco.

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