Cunqueiros
L os que durante siglos, siguiendo la cadena natural del propio vivir, almacenaron la sabiduría popular de los oficios han desaparecido o están en trance de desaparecer sin que apenas nadie, por no decir nadie, haya heredado ese saber transmitido durante generaciones. Sin duda consecuencia de la globalización y la producción en serie, también puesta en duda por razones de eficacia económica, la pérdida no solo anuncia la definitiva caducidad de una forma de vida, también la valoración de lo artesanal como identidad. Precisamente, y ahí llega la contradicción, en una época en que pueblos y ciudades se afanan en buscar una oferta identitaria, distintiva aunque enriquecedora, única a ser posible. La escasa imaginación del poder, sin embargo, ha llenado de repeticiones cansinas —mercados medievales, fiestas romanas, batallas de no sé qué…— nuestras geografías festivas. Estoy seguro de que solo pervivirán las que tienen una razón de ser, las que verdaderamente están enraizadas en la auténtica idiosincrasia.
La tradición oral, que también se pierde si nadie lo remedia, alude con frecuencia a cierta actividad corporativa de estos oficios. De tal manera que muchos de los motes colectivos de pueblos y comarcas tienen que ver con la dedicación laboral de sus habitantes. Aunque hay muchos ejemplos en tierras leonesas, recuperados no pocos, traigo unos versos testimoniales de la vecina Asturias: «Cesteiros nel Rebollar,/madreñeiros en Tablao,/zapateiros en Sisterna/y para sastres el Bao». Lo oí por la zona de Ibias y Degaña, llamada «tierra de cunqueiros», por la abundancia de artesanos trashumantes que se dedicaron a fabricar cuencos, artículos de madera con formas de escudillas, fuentes, jarras, artesas… de haya. Durante el duro invierno de la comarca viajaban por otras regiones de España para venderlos y adquirir otros productos de los que carecían. Participaron también en el oficio y la actividad localidades leonesas limítrofes al Puerto de Cerredo, en la zona de influencia de Villablino. Nunca estará de más rastrear las peculiaridades de la profesión y sus circunstancias fundamentales de subsistencia, basadas en el trueque y la complementariedad. Como los mineros de las cuencas altas del Bernesga y el Torío que bajaban hasta Valdevimbre y sus cercanías con los carros cargados de carbón y tirados por vacas para la vuelta con la alegría de los pellejos del vino. La memoria y su presencia son siempre una buena lección.