Colores que imprimen carácter
C reo que tuvo mucho que ver la profusión rojiblanca que existe en mi familia. O que la primera vez que entré en un gran estadio de fútbol fue cuando mi tío nos llevó a la ribera del Manzanares. Eran los tiempos de Amancio y por aquello de ‘mangarla’ a uno le invadieron los sentimientos blancos.
Temo que eso imprime carácter o por lo menos así era en aquellos tiempos en los que los principales rivales daban por buena una temporada si arrancaban un empate en el Bernabéu. A la espera de lo que pase el sábado, o a finales de mes en Milán, algo se rebela dentro de mí cuando escucho a quienes intentan salvar los muebles con un pichichi o con una buena posesión de balón en el Nou Camp.
Ahora hay una generación joven que ha vivido una situación muy distinta. Algo se ha dado la vuelta y la acumulación de títulos va por otros barrios. Es el mundo al revés y curiosamente esa misma situación se produce también en el mundo de la política.
Repasando lo ocurrido desde la Transición parece impensable lo que estamos viviendo. Ese PSOE acostumbrado a mirar por el espejo retrovisor anda ahora como pollo sin cabeza y lo que es peor sin DNI. En la franquicia catalana, esa en la que todo es bueno para el convento, y entre quienes intentan maquillar su defensa de los totalitarismos del siglo XX se apuesta claramente por limitarse a un ‘no somos como ellos’. Pero en las filas socialdemócratas —tan imprescindibles en la derrota de esos fundamentalismos durante la resurrección de Europa de la segunda mitad del siglo pasado— parece paupérrima esa tendencia a dar por bueno el ganar la posesión de la ‘autoridad moral’, mientras la cosa se desangra sin optar siquiera a la victoria directa en los títulos.
Afortunadamente, en otros órdenes de la vida, a uno también le ha tocado en suerte la posibilidad de ocupar lugares donde se puede mirar por el retrovisor y presenciar las esperpénticas y torticeras disculpas de quienes viven más pendientes del ‘como ellos no’ sin ofrecer nada más que pagas como alternativa.
Es un moqueo envidioso de perdedores que miran de reojo y que bloquea cualquier opción de superar la barrera de los cien diputados. Se echa en falta en Ferraz alguien que llene ese pozo vacío y que entienda la clave: fútbol es fútbol.