Los candidatos alternativos
C asi todo el mundo parece buscar un candidato alternativo: los republicanos en USA, desesperados ante la idea de que un tipo con el pelo color calabaza construya un muro ante Méjico; la derecha española, que aunque con la boca pequeña, habla de regenerar sus viejos cuadros; y qué decir del PSOE, donde a nadie le garantizan el sillón más allá de julio. Yo mismo, sin ir más lejos, busco un candidato alternativo en mi comunidad de vecinos, solo sea por ir contracorriente.
Sin embargo, a la hora de la verdad, muchos de estos señores cuentan con un generoso apoyo entre sus propias filas. Es como esas hijas poco agraciadas que parecía que nunca se iban a echar novio y que luego rompían los pronósticos en todas las fiestas. La gente, por mucho que lo cuestionen los sociólogos, hace lo que le da la gana. A Hitler, por ejemplo, lo votaron los propios alemanes, los mismos que luego pensaban que Treblinka era un parque de atracciones. En la Francia progresista y moderna hay mucho joven que vota a Le Pen y se dice que a los húngaros, los austriacos y los polacos les van los líderes más o menos xenófobos. Naturalmente esos supuestos nos espantan, pero es una marea que crece delante de nuestras propias narices.
Se buscan candidatos alternativos, pero los que asoman por ahí meten miedo. En general, se caracterizan por una cualidad fulminante: su radicalismo los convierte en un modelo inquietante y cochambroso. Iluminados y perspicaces, predicadores de verbo fácil que recuerdan a esos líderes de pacotilla que lograron hipnotizar a millones de idiotas. Algunos, incluso, llegaron a elevar templos e iglesias.
Nunca antes se necesitaron tantos hombres íntegros y ejemplares. Personas con anchura de miras, sentido de la piedad y talento razonable. Alguien capaz de mezclar la insolencia con la mesura, la clemencia y el rigor, la transgresión política con la rectitud moral. Un político de derechas que defienda lo público y uno de izquierdas que apoye con convicción el libre mercado. Un empresario que, además de hacer dinero, quiera comprometerse con la sociedad a la que representa. Un funcionario que considere inadmisible el escaqueo y la baja productividad.
En realidad, se necesitan candidatos ilusionantes en todas las esferas de la vida. Me dirán ustedes que no siempre hay que buscar la respuesta en líderes visionarios: y les doy la razón, a veces la mejor opción es una persona modesta, alguien que tenemos al lado, capaz, en un momento de crisis o incertidumbre, de asumir retos nuevos. Luego están los crédulos que, de forma dócil y resignada, se dejan arrastrar por cantos de sirena. A lo mejor, la alternativa es que apaguen el televisor, viajen por el mundo y lean más libros.