Diario de León

Publicado por
Jesús María Cantalapiedra ESCRITOR
León

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S iempre había tenido un cierto interés, quizás morboso, por Rusia. Un país opaco para el resto del mundo, con excepción de sus sonadas intervenciones militares. Un país en cuyo devenir sólo ha encontrado carencias y sufrimiento. Me refiero al pueblo.

Con motivo de un hermanamiento con la ciudad de Voronezh, que había iniciado la Universidad años atrás, junto con un alto funcionario y un compañero municipal, Martín M. y Luis. B, sorprendidos y satisfechos, en septiembre de 1999 nos encontramos en el óblast Vorónezh, ciudad situada a unos 500 kilómetros al sureste de Moscú, con poco más de un millón de habitantes. ‘Reinaba’ entonces Yeltsin, quien, a pesar de sus bufonadas, estrambóticas unas, tambaleantes otras, propició la apertura económica, el fin del comunismo y la desmembración de la Unión Soviética, que inició Gorbachov, el hombre con pigmentaciones violetas en el cráneo, con forma de isla lejana. La Perestroika había llegado, aunque pocos se habían enterado. Como comprobamos en nuestro destino.

Volamos a la capital de Todas las Rusias vía París. Y comenzaron los problemas con los hieráticos rusos. «No más pasajeros por seguridad». Sin más explicaciones. Menos mal que Air France nos proporcionó habitaciones en un digno hotel Campanile en las inmediaciones. Pasamos unas horas gratas en París y, al día siguiente, temprano, después de una lucha escabrosa del intérprete asignado contra los llamados taxistas. La diferencia de precio entre unos y otros era de unos 20-30 dólares. El bueno de Nicolai, después de regateo bronco, nos solucionó el recorrido hasta la estación Moscú-Voronezh. Viaje nocturno para narrar en otra ocasión. El hotel pudiera haber sido, era un establecimiento de los años sesenta. Pero no había sido remozado: pomos de puertas rotos, baldosines caídos en los baños y señoras barriendo los pasillos a base de escobón de bruja mala. Los inventores del conocido fusil AK-47, e iniciadores de la carrera estratosférica, no practicaban nada el mantenimiento doméstico.

Para abreviar, extractaré el hermanamiento (o encudañamiento) que duró nueve días, siempre acompañados de militares o policías fuertemente armados metralleta en ristre, no en bandolera, y un misterioso señor de paisano que nunca hablaba.

Programa de actos: Visita al Palacio de Constructores de Maquinaria Agrícola, cumplimentados con nueve discursos plúmbeos de militares con muchas medallas; en el Ayuntamiento, intervenciones improvisadas de las delegaciones alemanas, búlgaras y leonesas (por allí andaba el almirante de la Flota Rusa en el Mar Negro); visita a varios centros de la policía antidisturbios; visita a un campo hípico militar; visita al Centro de Emergencia Nacional y pruebas de armas en fosos de tiro; visita al centro de nuevas tecnologías de desescombro en catástrofes; baño y sauna en un SPA del Ejército. Esa actividad la perdí. Tuve que asistir a una representación de ballet infantil. Diariamente, agotado, le preguntaba al traductor: «¿Cuándo descansaremos después de comer? Él me respondía: «mañana, mañana». Mentira. Nunca, nunca. Al mismo tiempo el pueblo, alarmado, comenzaba a pensar con temor que el sucesor de Yeltsin sería un tal Putin (antigua KGB). Como así fue.

Con el fin de no extenderme en demasía, transmitiré unas reflexiones compendiadas del viaje.

1) El ‘pueblo’ ruso es extraordinariamente generoso y afable. 2) Según informaciones recibidas recientemente, siguen reprobando el comunismo, mas, la vida actual tampoco les entusiasma. 3) Poseen el mismo sentido del humor que los españoles. El mismo. 4) Sólo viven, relativamente bien, policías y militares. 5) A pesar de los cambios, las efigies de Lenin permanecen en sus pedestales, según noticias recientes. No se atreven. 6) Beben más vodka que nosotros tostadillo. 7) Los gerifaltes son muy pesados, en kilos y verborrea institucional. 8) Desfilan casi como los chinos. Perfección andante. 9) Mujeres: piel de cristal satinado y ojos de un gris-verdoso-azulado. Indescriptible. Y muchas más historietas que algún día pudiera reseñar.

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