Diario de León
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HOJAS DE CHOPO. ALFONSO GARCÍA
León

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Creo que pocos ponen en duda el hecho de que cuantas más lenguas hable un ciudadano más se enriquece su visión del mundo, en el sentido más amplio y generoso de la palabra. Otra cosa bien distinta es cierto prurito de incluir palabras de otros idiomas, anglicismos especialmente, como aparentes signos de distinción, en la mayor parte de las ocasiones innecesarios, dada la extraordinaria riqueza de nuestra lengua. Lengua que, por otra parte, es una de nuestras marcas de prestigio en todos los órdenes, incluido el económico. Hablarla y exigir que se hable, en la medida que a cada cual le sea posible, ha de convertirse en garantía de comunicación cada vez más amplia y universal. Sin complejos. Me parece medir con doble rasero, y es un ejemplo anecdótico, criticar con dureza a nuestros máximos dirigentes cuando desconocen otras lenguas y aceptar con suma facilidad que Obama, pongamos por caso, no pueda hacerlo en español con la larga veintena de mandatarios de los países en que es oficial. O que en un vuelo chárter, compuesto exclusivamente por españoles, la información se ofrezca en inglés, como es preceptivo, y en checo o polaco porque son las lenguas habladas por la tripulación. Tiene que haber cordura también lingüística.

Viene todo esto a cuento del reciente Festival de Eurovisión. Nuestra representante cantó en inglés. No entro en el buenrollismo, alejado, a mi juicio, del espíritu del país representado. Ni en la calidad de la canción. No es ese el asunto que motiva esta reflexión. Incluso con la clara conciencia de que competir tiene las veleidades, posiblemente nunca objetivas, de ocupar un puesto u otro. Son las reglas del juego y hay que aceptarlas con espíritu positivo. Todo lo demás puede o debe ser secundario. Lo que sí me parece una verdadera falta de consideración es que en el escenario no haya habido una identidad lingüística, la nuestra, que se podría convertir hasta en falta de respeto si en la intención media esa vaporosa voluntad de acercarse a un bloque mayoritario —siempre dudoso en el caso europeo—, menos cercano al espíritu en que se asienta la representación: una lengua no otra cosa es más que cauce de una civilización y transmisora de una sabiduría y unas determinadas formas de vida. Una visión del mundo. Esa carencia es la que se echa en falta cuando alguien rechaza el uso de una lengua tan rica y expresiva como la nuestra. Creo que es necesario reflexionar sobre actitudes como esta.

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