cartas al director
Declive del Plantío
H ace más de medio siglo que paseo por el parque del Plantío. El primer año en la sillita en que me llevaba mi madre desde nuestro cercano domicilio en la calle del general Queipo de Llano —hoy Ancha— y desde entonces por mi propio pie. En los últimos años, si el tiempo y la salud lo permiten, al menos media hora al mediodía y otro tanto al caer la tarde. Vengo observando desde hace tiempo paulatinos cambios en la fisonomía del parque que, poco a poco, lo van alejando de aquel florido edén que uno recuerda desde la infancia. Raro es el invierno en que no caen abatidos, ya sea por los vendavales, ya por la inclemente cuchilla dentada de las sierras mecánicas, dos o tres de los majestuosos pinos que plantara, hará ya casi un siglo, don Saturnino Cachón con la ayuda de sus alumnos, uno de los cuales fue mi padre.
Los macizos de flores en medio de los parterres hace años que no se ponen, debemos conformarnos con divisar desde lejos los de delante de la iglesia de San Antonio y los de la fuente de la Carrasca. Fue un acierto traer desde la plaza de la Encina el monumento a Gil y Carrasco donado por el Centro Berciano de Buenos Aires. Y fue un error sacarlo del bucólico entorno del parque, idóneo para el solaz del romántico poeta que ve su efigie de laurel coronada por la musa, y rodearlo de los mefíticos efluvios y zafios sonidos del tráfico rodado en su actual emplazamiento, donde se podría haber puesto cualquier otra cosa.
En la techumbre de la caseta de los patos se acumula tanta mugre que han empezado, con las lluvias de primavera, a crecer hierbajos como en un huerto abandonado. Y abandonada está la casa de los animales, donde sólo conviven, como náufragos de un cataclismo, un triste conejo asustado y una codorniz solitaria y taciturna. No sobrevivió al invierno el último pavo real de una estirpe cuyas suntuosas y tornasoladas colas inundaban de color la curiosidad de los niños.
También sucumbió este invierno pasado bajo la implacable piqueta de los jardineros la rosaleda que adornaba las sendas que confluían en la glorieta de don Severo, y ahora el benéfico prócer que trajo los regadíos a nuestra tierra contempla un pasaje desolado.
Y la torreta con el reloj que tan bien lucía en el estanque de las ranas hace años fue desterrada a la plaza de la República Argentina, donde se podía haber puesto cualquier otra cosa sin necesidad de someter al Plantío a ese despojo. Total, para poner un templete en el que hace también demasiado tiempo que la banda municipal no ameniza las mañanas de los domingos. Las grietas que las raíces de los árboles han causado en el asfalto del anillo del parque son cada vez más acusadas, para peligro de la gente de la tercera edad que tanto lo frecuenta en sus paseos o en su camino hacia el hogar del jubilado. Y para tropiezo de los que deben manejar carritos de niño o sillas de ruedas.
Y la zona deportiva sufre año tras año las continuas vandalizaciones de sus canastas de baloncesto. Cada vez es un parque, a diferencia de antaño, más de gente mayor que de infancia. La ciudad envejece, la gente joven se va a buscar futuro a tierras más prometedoras. Y los árboles del amor de la glorieta central ya casi no hacen honor a su nombre porque no quedan parejas de enamorados. Pues sí, decae el Plantío, el más veterano de nuestros parques, y decae la ciudad. Y decaemos nosotros que vamos perdiendo la mirada del niño que un día corrió y chilló y lloró y jugó hasta caer rendido en sus columpios y fatigó sus sendas rodeadas de altivos chopos, soberbios abetos, exóticos magnolios, aromáticos tilos y frondosos castaños de indias. Se hace viejo el parque. Se hace vieja la ciudad. Nos hacemos viejos nosotros.
Isaac Courel Valcarce. ponferrada