Nostalgia de Juan Guerra
C ada oficio tiene su moral, no queda bien que un cura se forre o que vaya por ahí pegando tiros; pero es legítimo que Warren Buffett gane una pasta y que un general se meta en guerras a pesar de que rara vez haya alguna moralidad en ellas. ¿Y el político?, ¿cuál es su moral? La ética de la responsabilidad, dice Max Weber. A un político no se le pone nota por sus convicciones, sino por el resultado de sus decisiones. Nicolás Maduro es un inmoral porque es una calamidad para los venezolanos y Churchill fue un estadista porque hizo lo que tenía que hacer y le salió bien. Un estadista ni es una ursulina ni falta que le hace. Cuando un político se la coge con papel de fumar, malo.
¿Puede un político mentir? Puede. ¿Puede, como Mitterrand, tener dos mujeres a la vez? Puede, si consigue no volverse loco. Y puede cometer otros muchos pecados. El de la vanidad, de hecho, parece inevitable. Lo que no puede hacer son tres cosas: confundir la realidad con el deseo, vulnerar la ley y engolfarse. Los que confunden la realidad con su deseo arruinan los países; los que vulneran la ley pervierten la democracia; los sobrecogedores y espadistas prostituyen el noble oficio de la política. No está bien ser ladrón, desde luego, pero hubo algunos que hasta tuvieron buena prensa, Robin Hood, por ejemplo. (Berlusconi no cuenta porque la prensa era suya). O sea, que según cómo y cuándo se puede ser un ladrón si no honesto, al menos digno. Lo que no se puede es ser político y ladrón. Cuadros y rayas es excesivo, no conjuntan.
Dice el PP que si no fuera por la corrupción ganaría las elecciones de calle. Vale, y si no fuera porque son ponis, esos caballitos serían más altos. Una obviedad. La corrupción. Pues claro, hombre, la corrupción. Pero lo que irrita más que la corrupción misma, es esa exaltación histérica de la ejemplaridad de tantos cargos que no solo era compatible con la podredumbre, sino que solía ser su prólogo o su cortina de humo. Rato, Granados, Pujol o Fabra nos daban la chapa con soflamas sobre la vocación de servicio público mientras traficaban con cohechos y metían la mano en la caja. El arte del prestidigitador: desviar la atención de la peña para que su mente se centre en los labios del charlatán y no en las manos del ilusionista. Viva España, decían con la boca llena, pero estaban pensando en Panamá. La patria como último refugio de los canallas, que decía lord Acton. Al menos Juan Guerra cambió ese tartufismo por el descaro plebeyo cuando justificó sus mangoneos alegando que las cosas habían mejorado mucho con los socialistas: «Ahora también los pobres podemos robar». O sea, que se puede ser corrupto sin ser un impostor, un falso devoto, un perfecto sinvergüenza.