Diario de León
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flores del mal gonzalo ugidos
León

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A quel agosto del 60 Roma recibía a más de cinco mil atletas. Uno de ellos era Miguel de la Quadra-Salcedo, perito agrónomo que había cosechado nueve campeonatos nacionales en disco, peso y martillo. España ganó una medalla de bronce, pero no fue Miguel quien subió al podio, sino el equipo de hockey sobre hierba. En aquellos Juegos Olímpicos el pasado se trenzó con el presente y las venerables arquitecturas romanas fueron el decorado de la maratón. Al pasar de noche bajo el arco de Constantino, con el Coliseo de telón de fondo, los corredores tenían la sensación de viajar en el tiempo. El oro lo ganó el etíope Abebe Bikila, que corrió descalzo y se convirtió en el primer africano negro campeón olímpico. Aquel verano emergió en Roma otro prodigio, un desconocido de 18 años se impuso en semipesados al leñador polaco Zbigniew Pietrzykowski y el hombre se resignó a la derrota como si lo hubiera tumbado un rayo, dijo que Cassius Clay tenía «el estilo de un guijarro deslizándose sobre el agua».

 Había aprendido a boxear a los doce años para vengar la indignidad de una bicicleta robada, una Schwinn roja de sesenta dólares cuya pérdida no pudo soportar.  Un golpe bajo que provocó una metanoia: la conversión de un niño paria en un Espartaco global. Mi infancia son recuerdos de Cassius Clay, el tipo más famoso del planeta, un atleta supremo, un símbolo del orgullo racial,  un resistente, un acólito, un predicador excesivo, separatista, integrador, mariposa y abeja: una figura de las que primero te rompen la quijada y luego rompen el molde.

Aquel verano del 60, cuando el sol de septiembre doraba las cataratas del río Ohio a su paso por Louisville, al medallista olímpico Cassius Clay se negaron a servirle en un restaurante para blancos y el púgil lanzó unos ganchos a las mandíbulas de los supremacistas. La sangre no llegó al río, tan cercano; pero el enrabietado Cassius caminó hasta la orilla del Ohio y tiró al río su medalla olímpica. El  apartheid no era entonces tan virulento en Louisville como en Jackson, Alabama, pero por ahí andaba. No era fácil ser negro en Kentucky; por eso Clay sacudió el mundo y el mundo lo sacudió a él. Tampoco era fácil ser negro en África, en donde estallaba una guerra en el Congo que duraría un lustro. El atleta Miguel de la Quadra, convertido en reportero, daría testimonio de aquella carnicería que prologó otras muchas.

Una noche de la semana pasada, Paul Simon estaba cantando The boxer en el Greek Theatre de Berkeley, hizo una pausa antes del verso final y dijo: «Siento tener que decir esto: Muhammad Ali acaba de morir.» No solo él, acababa de morir lo que quedaba del siglo XX y Quadra-Salcedo ya no estaba para contarlo.

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