El callejero de la gratitud
A veces, te preguntas si ciertos hechos los has soñado o los viviste realmente. He leído con tristeza todo lo referente al derribo de la casa donde nació Gordón Ordás, leonés presidente del Gobierno de la República española en el Exilio, además de modernizador de la ciencia veterinaria en nuestro país. El propietario de las parcelas incumplió su obligación de respetar las fachadas, memoria del viejo León, y después ya no quedó otra que proceder al derribo definitivo, ante el peligro que suponía para el viandante. He querido que pasasen unos días, no me gusta escribir con indignación que nace y muere en el momento. Coordiné la repatriación de sus cenizas, tanto en la primera etapa del proyecto, cuando fueron aventadas en La Candamia, como en la segunda, cuando otra parte de las mismas fueron enterradas en el Pabellón de Hombres Ilustres. La idea surgió a partir de haber preparado para la Fundación Vela Zanetti la edición de la correspondencia entre éste y Gordón Ordás, amistad rota a partir de que el pintor decide regresar a España aún con Franco en el poder. Me pareció que era un bello gesto, recomponer de manera testimonial aquella ruptura, haciendo posible entre todos la llegada de las cenizas. A la familia Gordón les entusiasmó, además ya tenían avanzados los complejos trámites legales. Tuve el apoyo del PP y del PSOE, o mejor, de personas concretas. En los populares fueron García Prieto y Amilivia, para la primera etapa; y en los socialistas Evelia Fernández y Francisco Fernández, para la segunda; también me ayudó Valderas. Qué personas más maravillosas la hija y la nieta de don Félix, impregnadas de esa rara virtud que es la dignidad humilde. Nunca habían dejado de amar a esta tierra, símbolo del tiempo que les fue robado.
Don Félix puso a sus hijas y a su hijo el nombre de personajes de óperas de Wagner. Recordar a Brunilda Gordón y a su hija Consuelo es volver a sentir sus bondadosas miradas.
Donde ellas están, ya con los suyos, no hay sentido de la propiedad. Pero a nosotros, como leoneses, sí debería importarnos nuestro callejero de la gratitud. Luego, no me digáis que lo soñé. Estuvieron aquí. Tuve la suerte de tratarlas y el honor de quererlas.