Diario de León
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LA VELETA lorenzo silva
León

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U no de los discursos que con más reiteración se escuchan en estos días, ante la perspectiva que se desprende de algunas encuestas, y que apuntaría a una hipotética hegemonía electoral de la izquierda encabezada por Unidos Podemos (ya se verá el 27-J), es que el ascenso imparable de la formación liderada por Pablo Iglesias, y de éste como líder político, se debe al apoyo recibido por parte de determinados canales televisivos, en particular Cuatro y La Sexta.

No deja de ser una afirmación pintoresca, en cuanto que sus oponentes políticos también disponen de canales más o menos afines, tanto públicos como privados, lo que no suele manejarse a la hora de evaluar su rendimiento, ya sea electoral o en las encuestas previas a los comicios. Salvo que se piense que los profesionales de esos otros canales son menos hábiles o competentes que los que son señalados como secuaces de Iglesias, hipótesis muy poco verosímil, se escapa la base argumental de un razonamiento que más bien parece la rabieta de alguien a quien se le han ido las cosas de las manos y que todavía no acierta a entender cómo ha sucedido. Y es que parece poco creíble que un canal televisivo, por poderoso que sea o bien gestionado que esté, pueda fabricar por sí solo una marca política, y menos aún una marca política emergente, y menos una marca política emergente con aspiraciones hegemónicas de un sector del electorado y por ende de alcanzar el gobierno de la nación.

Los canales que apostaron por llamar a sus programas a Iglesias y los suyos, lejos de obedecer a una perversa maniobra política, se dejaron llevar por eso que desde los orígenes de la televisión comercial manda a la hora de diseñar y programar sus contenidos: la audiencia. Es decir, lo que permite al dueño del canal rentabilizarlo mediante la venta de su producto estelar y fundamental: la publicidad. Los canales comerciales en abierto no venden programas, sino anuncios, y diseñan sus programas para maximizar la cantidad y el precio de los anuncios que no pueden no intercalar entre ellos.

Y la pregunta, llegados a este punto del análisis, debería ser más bien por qué estos nuevos políticos, con sus fachas, su demagogia, su financiación sospechosa, y todos los reparos que sus detractores les quieran poner, eran y son capaces de convocar esa audiencia que sus competidores tradicionales, por el contrario, habían llegado a espantar. Lo que tiene que ver con el cómo pero también con el qué. Había mensajes que la gente esperaba, necesitaba o incluso exigía y que nadie le estaba dando. Estos tipos sin corbata o con corbata floja, con coherencia o sin ella, acertaron a lanzarlos y supieron ser inteligibles y persuasivos. Así fue como se ganaron la audiencia y así, viniendo desde la nada, ya rozan el centenar de diputados.

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