Ante una doble encrucijada
S i algo quedó claro en el único y decepcionante debate celebrado por el cuarteto aspirante a presidir el Gobierno, es que, uno tras otro, descartaron rotundamente la celebración de unas terceras elecciones. Y pese a la devaluada palabra electoral de los cuatro, visto el resultado que se perfila, más nos vale concederles el beneficio de la duda.
Todos los sondeos publicados apuntan a una correlación de fuerzas que, de confirmarse, puede complicar aun más la consecución de acuerdos electorales. Sobre todo si nos atenemos a las distintas líneas rojas que unos y otros se están ocupando de subrayar a lo largo de la campaña.
El Partido Popular, nuevamente el más votado, reclama esa condición para que le sigan dejando gobernar, bien en solitario o encabezando una «gran coalición» con el PSOE abierta a la participación de Ciudadanos. Pero la «gran coalición» propiamente dicha sigue siendo una fórmula frontalmente repudiada por los socialistas. Por si fuera poco, Albert Rivera ha convertido a Mariano Rajoy en su primera línea roja; y no sólo a él, sino a todo su equipo, comenzando por Soraya Sáez de Santamaría. Al líder de Ciudadanos no le vale nadie que haya compartido gobierno con Rajoy y se ha permitido afirmar que ve con otros ojos nombres como Cristina Cifuentes, Pablo Casado o Alberto Núñez Feijóo. Ante tal «intromisión», lógicamente el PP sólo puede cerrar filas con Rajoy, máxime cuando el apoyo de Ciudadanos tampoco sería suficiente para garantizarle por sí mismo la investidura.
No le falta razón a Pedro Sánchez cuando dice que el PSOE volverá a ser determinante para cualquier combinación de gobierno. El problema es que, si se confirma el ‘sorpasso’ que todos los sondeos pronostican, se encontrará ante una encrucijada diabólica. No Sánchez, abocado a presentar más pronto que tarde su dimisión, sino el partido, que, descabezado y en manos de los barones, tendría que optar entre asumir el papel subalterno en un gobierno presidido por Pablo Iglesias o, en su defecto, dejar gobernar al PP.
En ese rotundo rechazo de Susana Díaz y sus mentores a Podemos tiene depositadas sus esperanzas Mariano Rajoy. Su problema es que el precio de la abstención socialista pueda ser precisamente el mismo que exige Rivera, lo que colocaría la pelota de no ir a unas terceras elecciones en el tejado de los populares. Tenemos así que la encrucijada del PSOE puede conducir a otra no menos endiablada para el PP: Sacrificar o no a Rajoy en aras de seguir gobernando. Aunque sea en una situación de extrema precariedad parlamentaria.