Hogueras para una tierra quemada
Las hogueras ardieron por la noche de San Juan, y en el momento de escribir esta líneas no hay constancia de que coronando las pilas de leña se hubiera atado a ninguna de las meigas o meigos, que le han echado el mal de ojo a esta comarca. Se desconoce también que en las piras haya ardido alguno de esos políticos que tras suspender los parciales de diciembre, han llegado a junio con la lección sin aprender y amenazando con llevarnos a todos a la convocatoria de septiembre para sacar la asignatura —y no será porque el populacho no le tenga ganas a unos y a otros—.
Tampoco hay constancia de que ningún burgués del balompié haya purgado sus pecados entre las llamas de las hogueras, tras, no sólo habernos desterrado del paraíso futbolero, sino por querer llevárselo ‘integro y calentito’ por el trabajo a todas luces insatisfactorio que han realizado —y no será porque no han hecho méritos, ni porque falta de ganas entre los que no pertenecemos a esa clase privilegiada—.
Tampoco ha habido noticias de que entre los rescoldos de las hogueras más madrugadoras se hayan encontrado restos de los sueños de grandeza de esta comarca.
Ardieron las hogueras en una zona que es tierra quemada. Y como tal, la cosa ya sólo puede empeorar. Y eso no se arregla ni con la multitud de papelitos cargados de malas experiencias pasadas que se arrojaron a las llamas, ni por muchas veces que se salte el fuego —esto último, en el mejor de los casos pudo dar para unas risas—.
Ardieron las hogueras como antes había ardido el Pajariel. Como luego arderán otras muchas hectáreas de nuestros montes ante nuestra impotencia, incapacidad y casi complicidad por no separar a las manzanas podridas.
Debe ser ese el fuego eterno al que he oído referirse en mis años de colegios de curas al que estamos condenados a arder todos, pues somos todos responsables del destino que nos aguarda. Somos culpables, por acción u omisión, de la situación en la que nos encontramos. De años de consentir. De años de reír chistes malos sólo para no quedar mal.
La cultura del fuego que nos devora y nos calcinará, purgando unos pecados que no redimiremos ni saliendo en procesión. Perdón, manifestación.