TRIBUNA
Cervantes en el barrio de las letras

A tento y diligente lector. Si Cervantes visitara hoy el madrileño Barrio de las Huertas al que se trasladó con su familia desde Valladolid en 1606 y en el que transcurrió la última etapa de su vida, quedaría ciertamente asombrado y conmovido por lo que en él ha ocurrido desde que se ausentó hace cuatrocientos años.
Nada más llegar, notaría que actualmente se le conoce como Barrio de las Letras, por la gran afluencia y concurrencia de magníficos escritores que allí vivieron, escribieron o lo frecuentaron; amén de él mismo y entre otros: Calderón, Góngora, Lope de Vega, Quevedo, Ruiz de Alarcón y Tirso de Molina.
De él ha dicho Pérez Reverte, que «nunca en la historia de la cultura universal se dio tanta concentración de talento en ningún lugar del mundo como hubo en este barrio en los siglos XVI y XVII».
Era un auténtico parnaso literario en una zona por lo demás de esparcimiento y ocio, con bodegones, tabernas y mesones. La calle del León, cercana a los corrales de comedias, fue en la época lugar de reunión de actores, faranduleros, literatos y representantes.
Gratamente sorprendido vería que en las dos últimas casas en las que vivió —sitas en la calle de las Huertas y en la ya citada calle León, esquina con la de Francos— figuran placas, letreros y leyendas conmemorativos de su estancia; también en el Convento de las Trinitarias Descalzas en la calle de Cantarranas, hoy López de Vega, donde fue enterrado el 23 de abril de 1616 y reposan sus restos identificados en 2015.
Asimismo que la calle Francos así como diversos establecimientos del barrio (comercios, restaurantes, tabernas, hostales, etc.), en su honor llevan su nombre, el de alguno de sus personajes (Dulcinea), el de alguna de sus obras (La Entretenida). Con interés y curiosidad visitaría la Academia de la Historia sita en la calle León; seguramente le gustaría su lema: «nox fugit historiae lumen dum fulget iberis».
En la calle que lleva su nombre, visitaría asimismo la tienda de libros y grabados antiguos ‘Alcalá del Olmo’ en la que sin duda encontraría muchas de sus obras. Enterado de lo que son y en qué consisten los premios Nobel, no dejaría de interesarse por las obras de sus vecinos Echegaray y Benavente, nacido el primero en la calle del Niño, hoy calle Quevedo y el segundo en la calle León.
Y quien sabe si en la ortopedia —zapatería El Pie de Oro, pese a su nombre, pero a la vista de su eslogan publicitario («de Madrid al cielo pasando por el pie de oro primero»)— encontraría algún remedio o ayuda para recuperar o cuando menos mejorar la movilidad de su mano izquierda, de la que quedó estropeado, como dice en el Viaje del Parnaso, con motivo de haber tomado parte en la batalla de Lepanto.
Dejaría para el final los lugares en los que estaban los talleres en los que se imprimió su inmortal Novela: la primera parte en el número 87 de la calle Atocha, edificio hoy de la Sociedad Cervantina de Madrid y la segunda parte en el número 7 de la calle San Eugenio, ocupado en la actualidad por un establecimiento de venta de materiales de construcción.
Acabada su visita, quizás volvería a despedirse de igual modo a como ya lo hizo en el Prólogo de su obra póstuma, Los Trabajos de Persiles y Sigismunda, que vería felizmente publicada, diciéndonos que desea vernos presto contentos en la otra vida. Cervantes hizo y fue mucho, sobre todo escritor; es uno de los genios de la Literatura universal, autor de la más influyente y deslumbrante Novela de la Historia y uno de los mejores libros jamás escritos. La vida y obra de este español, como dice el cura del Quixote, más versado en desdichas que en versos, suscita asombro, devoción, admiración y reconocimiento, pero también un sentimiento general de inusitado cariño y profundo afecto por su persona. Gratitud, misterio, emoción, encanto: Miguel de Cervantes Saavedra in memoriam…