Diario de León

TRIBUNA

El mito del país diferente

Publicado por
Francisco Martínez Hoyos doctor en Historia
León

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L os extremos se tocan. A derecha e izquierda se ha extendido el mito de que España es un país diferente, aunque por distintas razones. Si los franquistas insistían en enaltecer a la supuesta «reserva espiritual de Occidente», los progresistas presentaban un país arcaico e inquisitorial, con más cosas dignas de desprecio que de elogio. En cualquier caso, parecía existir una práctica unanimidad en definir la nación como un proyecto inacabado. Por eso, en mayo de 1936, el socialista Indalecio Prieto pronunció un discurso titulado, significativamente, España está por hacer. Dos años antes, un político en sus antípodas ideológicas, el falangista José Antonio Primo de Rivera, había llegado a la misma conclusión. «Estamos sin España», afirmó.

La historia de España habría estado marcada, supuestamente, por la Reconquista, los ocho siglos de lucha contra el Islam. Al-Andalus encarnaría el refinamiento y la tolerancia. Los reinos cristianos, en cambio, serían los portadores de un proyecto imperialista destinado a prolongarse, a partir del año 1492, en América. Esta simplificación deja en el tintero, por desgracia, que a lo largo de la Edad Media hubo de todo, momentos para la batalla y para el pacto. Las luces y las sombras, como siempre, están más repartidas de lo que sugieren los relatos maniqueos. El mundo musulmán también sufría situaciones de despotismo e intransigencia religiosa.

La moda, lo políticamente correcto, es proclamar la artificiosidad del «estado español». Se afirma, por ejemplo, que lo que hicieron los Reyes Católicos no pasó de unión puramente dinástica. Lo suyo y lo de los Austrias consistiría en una amalgama de reinos sin la cohesión que se le presupone a un verdadero estado nacional. El problema es que se aplica un concepto, el de «estado nacional», de raíz decimonónica, para medir una realidad que no tiene nada que ver. Una cosa es la «nación» tal como la conciben los teóricos del nacionalismo y otra, muy distinta, la nación real. Que no implicaba, necesariamente, la unidad política. A nadie se le ocurriría decir, por ejemplo, que Pericles no fuera griego porque no existiera en su tiempo una entidad denominada Grecia. En el caso de España, la existencia de distintos reinos resultaba perfectamente compatible con un sentimiento de pertenencia común. De ahí que, en 1588, Francisco Calza, catedrático de la Universidad de Barcelona, pueda escribir que Cataluña era «la primera porción de España».

Se ha puesto el énfasis en el carácter patrimonial de los reinos españoles. No formarían una nación porque pertenecían al monarca como propiedad particular. No obstante, esa no es toda la verdad. En la Edad Media, encontramos numerosos ejemplos de soberanos que dividen sus dominios entre sus hijos. En la etapa de los Austrias, en cambio, nadie se plantea el reparto de la monarquía entre dos príncipes.

En los últimos años, la historiografía ha insistido en el supuesto fracaso de la nacionalización en España. Esta hipótesis, en realidad, constituye una variante de una vieja teoría, la del fracaso de la burguesía: la modernización no se había completado porque los burgueses no cumplieron con la misión que les asignaban los teóricos marxistas. Ahora, en cambio, sería la nación la culpable de que no seamos lo que deberíamos ser.

Supongamos que los defensores de la teoría del fracaso están en lo cierto. ¿En qué habría fallado España? ¿Quizá en no tener un país tan centralizado como la jacobina Francia? Esta línea de argumentación nos lleva a una conclusión extraña: estaríamos diciendo que nuestra diversidad actual, una fuente indiscutible de riqueza, sería, en realidad, el fruto de nuestra incapacidad para homologarnos con estados más modernos. ¿Cómo es posible que una realidad positiva pueda ser el resultado de una limitación?

En lugar de insistir en la hipótesis de la excepcionalidad hispana, deberíamos profundizar en nuestras similitudes con el resto de Europa, en la posibilidad, apuntada por José María Marco, «de que el desarrollo nacional español responda a los mismos parámetros en los que se fueron construyendo las demás naciones europeas».

Demasiado a menudo, los hechos de la historia española se acostumbran a contar como si fueran únicos, a partir del supuesto de que en otras latitudes, más civilizadas, no suceden los mismos desastres. El del 98, por ejemplo, ejemplificaría el punto más bajo de una decadencia iniciada varios siglos antes, muestra evidente de una incapacidad prácticamente metafísica para incorporarse al tren de la modernidad. Pero, si abrimos nuestro campo de visión, comprobaremos que otros países, por la misma época, sufrieron derrotas que les obligaron a replantearse a sí mismos. Francia, en 1870, fue humillada en la guerra contra Prusia, en la que perdió los territorios de Alsacia y Lorena. La catástrofe la sumió en una crisis de identidad que traduciría en el auge del revanchismo antigermano. Poco después, en 1890, le tocaría a los portugueses probar el sabor amargo de la derrota. En su caso, cuando los británicos impidieron su proyecto para unir sus colonias de Angola y Mozambique. Se inició así el proceso que conduciría a la destrucción de la monarquía en 1910.

El 98 alentaría los proyectos regeneracionistas. Había que conseguir que el auténtico país se desprendiera del peso muerto del país oficial. Tras la catástrofe de la guerra del 36, la existencia de dos Españas, la conservadora y la progresista, condenadas a destruirse en una espiral cainita sin fin, parecerá una verdad objetiva. La identidad nacional, desde esta óptica, venía a ser inseparable de la división interna y la pulsión autodestructiva. Sin embargo, si miramos más allá de la península, comprobamos que este no es un caso aislado. En un mundo que caminan hacia la modernidad, lo normal es que proliferen las teorías que dividen la sociedad en una mitad y su contraria.

Más allá del hipercriticismo tradicional, una nueva historiografía, con especialistas como Juan Pablo Fusi, Carmen Iglesias o Gabriel Tortella, ha subrayado que el nuestro no es un caso particular en el contexto internacional. España, lo creamos o no, es un país que como los demás. Un ilustre hispanista, Raymond Carr, se pronunció en el mismo sentido cuando afirmó que nuestra historia «debería estudiarse como se estudia la de cualquier otro país importante de Europa». David Ringrose, a su vez, publicó un importante estudio titulado, de forma provocativa, El mito del fracaso. Sin embargo, la crisis económica y política de los últimos años ha suscitado un regreso de las visiones pesimistas, a veces con exageraciones manifiestamente estrafalarias como la de equiparar el sistema político hispano a una especie de dictadura neofranquista.

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