Portugal para leoneses
D e Portugal todo me gusta; en eso sigo al maestro don Antonio Pereira, que era feliz en cuanto se adentraba en el «rectángulo rebelde», tal y como lo definió Miguel Torga, el gran escritor trasmontano, y por ello tan cercano a León y lo leonés.
Participo de esa emoción difícil de explicar, o acaso no. Pero lo cierto es que todo lo de Portugal me atrae y me convoca. Es como si hubiera un país en el mundo donde todas las personas fueran medio parientes mías, o de cualquiera que ama a esa nación. Los ancianos son nuestros tíos que viven en un pueblo, en una pequeña ciudad. Los hombres maduros son nuestros hermanos, los hombres jóvenes son nuestros hijos. Seguramente exagero un poco, pero creo que solo un poco.
Y añado esto otro: esa sensación de pertenencia, de proximidad, de educación y cordialidad, de estar en casa, solo la tengo en determinadas regiones de España. Mientras que me siento vinculado a todo Portugal, de norte a sur, aunque un poco menos del Algarve, demasiado tomado por el turismo. Demasiado alejado del noroeste. Pero el resto de Portugal me sabe a León, me sabe al viejo reino del que Portugal nació. Y me siento gozoso por sus calles y cafés, por sus librerías y parques, por sus ríos y montañas, por sus fuertes y fronteras. Portugal es el nombre de una de las grandes felicidades que ofrece Europa.
Como tantos españoles, descubrí Portugal cuando me despojé de la retórica. Cuando el país atlántico dejó de ser un lugar extraño, de aduaneros minuciosos, de Salazar en el poder, de fascismo, fútbol y Fátima, como se decía entonces. Portugal se me reveló en un viaje juvenil que hice en el mes de agosto de 1974 a la Lisboa de la revolución. Los que fuimos allí entonces, nos hicimos para siempre portugueses y lo digo de verdad, con el corazón. Es decir, nos hicimos ibéricos. Y con el corazón miramos ya siempre a la patria de Fernando Pessoa.
Ahora que las cosas andan tan complicadas en España podemos aprender de la gentileza portuguesa, de su mesura, de su sobriedad, de su aprecio por el silencio, los bosques y las ciudades amables, verdes y cuidadas. Y ahora que nuestra selección de fútbol ha puesto punto final a su gran etapa de triunfos (culminando la decepción del mundial de Brasil 2014, que creíamos ingenuamente enmendable en la Eurocopa), pues ahora yo soy de Portugal, como tantos. Y para siempre. Aunque lo principal, claro, no es el fútbol, sino los valores cívicos que atesora el país hermano. Que tendrá sus defectos, sin duda, pero que ha inventado un modo de estar en el mundo que es totalmente cautivador para los espíritus líricos. Y que es patria de escritores de una inteligencia y sensibilidad difícilmente igualables. Como leoneses, siempre seremos un poco lusitanos, y eso también es una fortuna. Porque tal vez no se pueda ser español cabalmente sin ser, a la par, ibérico.