TRIBUNA
De Kansas City al Bierzo, pasando por Suiza
C asi cincuenta años después he vuelto a Suiza. Es mayo, pero en la cumbre del Moléson, cerca de Ginebra, sigue nevando. Caminar por Suiza es como andar por un jardín bien cuidado. Todo está en su lugar, todo tiene su sitio, hasta los sótanos de las casas, pequeñas despensas de cemento y acero, que en un periquete pueden convertirse en sofisticados refugios contra un ataque nuclear. ¡Ah Suiza, hermosa y misteriosa! Cariacontecidos quedábamos los que veníamos de pisar cascajo en una larga dictadura, de aquel orden, aquella libertad bien administrada, aquel vivir en respeto y armonía, que no venían de caudillo, de ejército ni iglesia, sino del convencimiento personal que un pueblo experto en democracia sabía imponerse sin vara, orca ni cuchillo. Al principio todo aquello nos quedaba grande y tuvieron que pasar años para que nos fuéramos acostumbrando a vivir como ciudadanos libres, comprometidos y responsables en el trabajo y en la convivencia. Suiza era una verdadera escuela de civismo para muchos ciudadanos europeos, no sólo para los españoles.
Caminando hoy por la pequeña ciudad de Bulle, me resultó conocida, pero renovada. Tenía de aquélla seis mil habitantes y hoy tiene más de veinte mil. Hay más parques y jardines, más y mejores campos de todo tipo de deporte, llenos de jóvenes deportistas, mejores autopistas, edificios culturales, escuelas, bibliotecas, universidades. Más y mejores fábricas, pero, ojo, Suiza, al igual que el país donde ahora vivo, no son el paraíso. En Suiza, lo mismo que en Estados Unidos, hay que trabajar duro, pagar fuertes impuestos y administrarse bien. «En Suiza se gana bien», dice la gente, pero tampoco se debe ocultar que la vida es muy cara: cara la comida, la ropa, los restaurantes, la vivienda, la gasolina. Ir a Suiza creyendo que puedes volver rico, eso fue en el pasado, cuando aquellos españoles del siglo XX trabajaban a tope y malvivían con tal de enviar dinero a España. Los que quedaron —que no fueron muchos— hoy ya están jubilados.
Paco, como cientos de leoneses, llegó a Suiza casi con pantalón corto, maleta pequeña, y grandes sueños. Desde su llegada, trabajó como camarero, soldador, hasta llegar a ser en el momento de su jubilación maestro soldador, responsable del taller por los últimos treinta y cinco años. Paco no sabía hablar francés, y lo que es peor, ni escribir ni leer español podía. Él aprendió un idioma, asimiló una cultura y una manera de ser distinta y distante del mundo de donde procedía. Fueron años de cambios y desafíos. Hubo que remontar la falta de estudios, la educación para la libertad y el respeto a la convivencia en un país que estaba a años luz del nuestro en derechos y deberes. Por lo general, la tradición protestante ama y valora el trabajo, paga responsablemente sus impuestos, a diferencia de una mentalidad católica que por siglos ha visto en el trabajo un castigo divino, y todo el que puede se escaquea de él, y acerca de los impuestos, nada tengo que decir que ustedes no sepan.
Monsieur Flórez fue de los que nunca pensó volver para afincarse en España. Allí mismo se buscó una chica bonita, honesta y trabajadora y formaron un hogar. Trabajaron los dos. Estudiaron a sus hijos. Manuel es ingeniero y Marcial es linotipista. Él no mandó su dinero a España, salvo en alguna que otra emergencia familiar. Él y su esposa Marianne abrieron cuentas de jubilación personal que fueron llenando durante cincuenta años de trabajo y ahorro, porque en Suiza las pensiones de retiro estatal no son altas, pero hoy los Flórez, ya jubilados, viven muy bien.
Los españoles que hoy siguen llegando al «Centro Español» de Bulle son bilingües, pero siguen buscando señas de identidad de la patria lejana: comida, cultura, música, deportes, noticias. Atrás quedaron años de y juventud y añoranza, trifulcas y excesos de fines de semana. Los que se quedaron ya no quieren volver a la patria, salvo de vacaciones, porque a decir verdad, a la sombra del castillo del señor de la Gruyère se saborea un sabroso y variado queso, colado con un buen vino, madurado en las soleadas y mimadas laderas de Vevey, y se endulza la vida con los finos chocolates y bombones de Nestlé, amén de una suculenta tortilla de patatas, una paella o una olorosa sardinada, que un gallego fino y trotamundos se encarga de preparar y de bien cobrar.
Por más señas, el señor Flórez, Paco para los amigos, es de Turienzo Castañero. Hijo de un minero y una labradora, nieto —y a mucha honra—, de Pedro el ‘galochero’. Bien sé que hay muchos viejos Flórez en Suiza, y algunos jóvenes González que recientemente han tenido que emigrar, enfrentarse al idioma y a la vida, al clima, a un trabajo controlado y seriamente evaluado, pero allá están. Desgraciadamente también sé que en muchos pueblos del Bierzo sobran dedos en la mano para contar a quienes trabajan, y me duele ver que lo que antes fue vergel, ahora esté convertido en tupidos bosques de zarzas y maleza, codiciados lugares de jabalíes y pirómanos. Así no progresan los pueblos. Ca ne va pas! ¡Esto no va ni medio bien!, me dijo un nostálgico de aquella Helvetia lejana y dura, que hoy disfruta su buena pensión, y eufórico añadió, se acabaron las penas, yo pa’mí tengo, el que no tenga que espabile, «ahora vivo como Dios en Cobrana».