Diario de León
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ERNESTO ESCAPA
León

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Al esplendor libertario que tuvo su corto verano el pasado siglo contribuyeron de forma relevante y complementaria tres leoneses: Ángel Pestaña (1896-1937), Buenaventura Durruti (1896-1936) y Abad de Santillán (1897.1983). Un sindicalista, un activista y un intelectual. A Aquel León de su juventud, que describe Abad de Santillán en sus memorias como «baluarte de la vieja España clerical», le brotaron con el siglo tres de los más inquietantes personajes de la España contemporánea. Pestaña dirigió el sindicato anarquista en el momento que rebasó los dos millones de militantes. Expulsado en 1932, fundó dos años más tarde el Partido Sindicalista, en el que militaron los escritores Crémer, Ángel María de Lera y el catalán leonés Vidal y Planas.

Abad de Santillán se llamaba Baudilio, era de Reyero y fue conseller de la Generalitat catalana entre 1936 y 1937. En el exilio, trabajó de negro para Sopena y publicó sus estudios sobre el movimiento obrero. La dimensión mítica de Durruti la agigantó su muerte en la defensa de Madrid, salpicada por la sospecha de una traición. Tuvo entierro multitudinario en Barcelona y dos años después, las mesnadas culturales que ocuparon la ciudad con Yagüe recibieron la orden de borrar toda inscripción que permitiera identificar la tumba de Durruti en Montjuich. Iban con el bronco soriano unos cuantos Laínes, los catalanes de Destino con Ridruejo al frente, y Manuel Aznar, el padre radiofonista del presidente, que tenía a su cargo los altavoces.

Su biógrafo alemán Hans Magnus Enzensberger recuerda la impresión de su primera visita ya concluyendo la dictadura al cementerio de Montjuich: «Sobre la blanca losa siempre hay flores. Sólo quien se fije podrá leer lo que un desconocido raspó con navaja y mala letra sobre la piedra: la palabra Durruti». Gabriel García Márquez lo cuenta así, en María dos Praceres (1979): «Ella se orientó en el tablero de colores hasta encontrar la entrada principal, donde estaban las tres tumbas contiguas, idénticas y sin nombres donde yacían Buenaventura Durruti y otros dos dirigentes anarquistas muertos en la Guerra Civil. Todas las noches alguien escribía los nombres sobre las lápidas en blanco. Los escribían con lápiz, con pintura, con carbón, con creyón de cejas o esmalte de uñas, con todas sus letras y en el orden correcto, y todas las mañanas los celadores los borraban para que nadie supiera quién era quién bajo los mármoles mudos». Libertario puro, Durruti fue el héroe popular más importante de los comienzos de la guerra civil. Tres cuartos de siglo después, su póster figura en los álbumes de la mitología revolucionaria y su aventura alimenta una bibliografía copiosísima, mientras en León permanece el tópico de su perfil facineroso.

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