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EUGENIO GONZÁLEZ NÚÑEZ PROFESOR DE ESPAÑOL KANSAS CITY (USA)
León

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U n negro en la Casa Blanca!, gruñó embravecido mi suegro, levantando los ojos de la biografía del último de los Bush y echando un guiño a la tele. ¡Inaudito, increíble, inconfesable, imposible, ni Dios lo permita!, repetía mi obispo durante un sermón de la celebración dominical, acalorado y vibrante. Y el mundo del tío Sam

—va para ocho años—, se conmovió en sus cimientos, e iracundo hizo mutis por el fondo, apretados los dientes y el ceño fruncido.

Bien cierto fue que millones se alegraron, lo festejaron y esperaron el milagro que el joven mago del Sur, Tom Sawyer, iba a sacar de su mágico sombrero pajizo. Desgraciadamente en política se obran pocos milagros, y el plan de salud, y el tan esperado tema de la migración ilegal, y el control más estricto de las armas, se han quedado en el tintero, y no por falta de interés del ciudadano presidente, sino porque en este gigantesco país las cosas no son tan fáciles como parecen, sino como los caprichosos votos las demandan.

Cuando en 1979, me tocó —puño cerrado y en alto—, cantar el himno sandinista en Nicaragua, con fuerza y con cierta inquina recalcaba las palabras aquellas de «luchamos contra el yankee, enemigo de la humanidad», y como nunca se debe decir de esta agua no beberé, veinte años más tarde, por azares de la soledad y un profundo vacío de amor humano, vine a asentarme y a fundar familia en esta tierra. A todo el mundo es notorio el peligro que sigue entrañando el imperialismo de señores como míster Donald Trump. Notorio es también, que esto no es el paraíso, pero a fuer de ser justo, tengo que reconocer que aquí llevo quince años, y que ni arrepentido estoy, ni ganas —¡con la que está cayendo!—, tengo de volver a fijar residencia en mi patria.

Volviendo al presidente y a la primera dama, negros ellos (de color dicen aquí, para suavizar), así como sus hijas, voy a decir desde mi humilde condición de ciudadano, que son personas íntegras en sí mismas, y que a la vez, en su proyecto de vida, quieren dejarse integrar, al tiempo que invitan a otros a integrarse en su manera de vivir: actitudes, comportamientos, valores, principios que hablan de evitar la guerra, la proliferación de las armas, la arrogancia de los poderosos, los escándalos morales, políticos, económicos, tan proclives y fascinantes en horas de poder.

El señor Obama no es un santo, ni su esposa, cultivadora de coles en la Casa Blanca, es una agricultora del Sur. Creo que él es inteligente, un buen orador y sobre todo un gran negociador, un patriota (algo muy serio y apreciado en este país), un gobernante equilibrado, ecuménico, capaz de reflejar la alegría y el dolor en sus sentimientos, y por tanto cercano y solidario a los pueblos. Y su esposa, que conoce bien el papel —sin ostentarlo—, de primera dama, es una mujer que sabe estar a la altura de las circunstancias, sin deslumbres, desplantes ni remilgos.

Para fiasco mío, y de millones más, el señor Barak Obama finalmente no ha sido aceptado por todos los norteamericanos, y tristemente, muchos de los que no lo aceptan no tienen nada en especial contra él. Es él el que los ataca con el color canela-oscuro de su piel. ¡Macabra visión del racismo —incapaz, como todo -ismo —, de escarbar en el alma, en el corazón, dejando a un lado los hermosos y variados colores de la piel!

Milagros pudiera hacer él señor Obama -si es que ya no los ha hecho-, que muchos norteamericanos no le perdonarán ni a él ni a su familia que siendo negros, hayan tenido la desvergüenza, el coraje y la osadía de vivir por ocho años asentados en la Casa Blanca, rigiendo con acierto y sencillez los destino de aquí y de allá.

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Eso es lo que nos duele a quienes creíamos –¡ingenuos de nosotros!-, que el problema del racismo estaba superado aquí y allá. Creo que nos espera un verano caliente tras la muerte de varios ciudadanos de color a manos de la policía. La muerte hoy mismo de varios policías en Dalas, a manos de... “Estados Unidos -acaba de reconocer Obama, de gira por Europa, con parada en España -, tiene un grave problema racial”. ¡Gracias por decirlo, señor presidente! Yo espero que más gente –de aquí y de allá -, sienta la vergüenza de ser, pensar y actuar así en pleno siglo XXI!