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León

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Adiós a Pepe Mielgo, un hombre bueno

N o pude asistir al funeral de Pepe Mielgo y me pesa. Me duele porque debía manifestarle mi cariño y amistad a quien desde niña me trató con gran estima y me recibió en su casa, en aquellos largos y calurosos veranos de principios de los años sesenta. José Mielgo, Pepe, era un padre de familia numerosa: ocho hijos —dos chicos y seis chicas— que siempre gozaron de su alegría y entusiasmo por cuanto hacía.

Era muy hablador, en tono bajo y sosegado, pero amable con su interlocutor, al que gustaba sorprender con anécdotas e historias en las que el humor siempre estaba presente, porque tenía un gran sentido del mismo y por eso sus bromas (nunca, pesadas) le hacían ser una agradable compañía, lo que se notaba en su casa, siempre abierta a amigos, conocidos y recién conocidos, porque enseguida enhebraba una conversación con cualquiera.

Era bueno y respetuoso, como lo eran las personas de los pueblos que, sin sentirse inferiores, acudían con humildad a quien pudiera ayudarles en temas que escapaban de sus muchos conocimientos, para poder solucionar los mil y un problemas que surgían entonces con los motores y la escasa maquinaria que había en el Páramo en los años en los que llegó el agua.

Siempre le recordaré en la sobremesa, cuando se alargaban los recuerdos, se colocaba una venda en los ojos y tocaba un pequeño y rústico acordeón, cantando coplas de ciego que a saber donde aprendió, pero que no olvidaba. Y con 90 años todavía utilizó ese instrumento para hacerle bailar alguna jota a mi madre, que le llevaba cuatro años.

La próxima Nochebuena, por la tarde, seguro que echaré en falta su llamada telefónica. Te has ido, Pepe, amigo. Ermelinda ya te tiene a su lado. Dejas aquí a tus ocho hijos, yernos, nueras y muchos nietos, biznietos y amigos que nunca olvidarán tu buen humor y tu hombría de bien. Descansa en paz.

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María Blanco. León