En minoría
R econoce Rajoy su disposición a gobernar en minoría, apoyado tan solo en los 137 diputados del Partido Popular. Luego las votaciones las votaciones del martes pusieron en pie la «mayoría suficiente» de 169 escaños que suman PP y C’s y que otorga a la suma de estos dos partidos una capacidad de gestión incontrovertible.
La apertura de Rajoy a la posibilidad de gobernar en solitario no significa, al menos de momento, que Rivera esté dispuesto a votar afirmativamente a su investidura ni mucho menos que piense incorporarse a un futuro gobierno de coalición con el PP. Con todo, la investidura, primero, y la gobernabilidad plena, después, dependerán de cuál sea la posición del PSOE, partido que de momento no ha mostrado disposición alguna a allanar, por acción o por omisión, el camino de Rajoy hacia la presidencia. Argumentan los socialistas, y no es falta razón, que, habiendo en la cámara baja 182 escaños conservadores, Rajoy tiene la obligación de trabajarse la mayoría sin recurrir a la izquierda. El problema estriba, evidentemente, en la actitud del nacionalismo catalán y en la escasa sintonía actual del PP con el nacionalismo vasco. Pero también parecía imposible en 1996 que Pujol, vilipendiado e insultado por las bases populares, facilitara el gobierno a Aznar. El PP tiene una asignatura pendiente en este asunto, y debería esmerarse en la materia dado que pretende gobernar los próximos cuatro años, es decir, gestionar el desenlace del conflicto catalán. No es lo mismo que el PSOE facilite la gobernabilidad mediante una abstención total o parcial a un proyecto de gobierno respaldado por 169 o 170 escaños (PP+C’s+CC) que lo que se pretende ahora de él, que se abstenga para que Rajoy gobierne con 137 escaños. En aquel caso, la función del PSOE durante el cuatrienio sería la de oposición, es decir, de contradicción y control. En el segundo, el PSOE debería participar en la composición de la voluntad general, y negociar por tanto, como Ciudadanos, cada propuesta gubernamental. Esta última opción es muy compleja y no parece probable que Sánchez la admita ni que el comité federal socialista la convalide, y menos aún sin disponer como antes de la presidencia de la cámara. Por ello mismo, PP y Ciudadanos deberían repensar su fórmula, que plantea dudas sobre su viabilidad y que abre un camino inédito en la vida parlamentaria española. Porque sin una colaboración más automática que puntual entre las dos fuerzas gubernamentales, el proceso político será incierto e inestable.