Diario de León
Publicado por
María J. Muñiz
León

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Si hay un estado de ánimo universalmente compartido es el miedo. Esas situaciones claustrofóbicas que inspiran las series televisivas que parecen ser el credo universal de hoy acaban teniendo argumentos timoratos comparados con la realidad que insiste en atenazarnos sin contemplaciones. Sin hueco para respirar. Sin respiro para pararnos a reflexionar y escapar de la vertiginosa espiral de la máquina del terror en la que se ha convertido la información compartida.

Cada día tenemos miedo a no tener gobierno (o a tenerlo). Miedo a los mercados de valores y sus bolsas infladas y desinfladas (con ellas nuestros temerosos ahorros) en cuestión de inexplicables segundos. Miedo al esperpento de los negros asesinados en Estados Unidos y escalofrío ante el respaldo a Trump. Miedo a no cobrar una jubilación que nos libre de la miseria.

Padecemos miedo agónico y reincidente a las olas de calor en verano y las de frío en invierno, y nos desazona el cambiante e indeciso entretiempo. Tememos al brexit y a los inmigrantes. También a tener que emigrar, porque las habas aquí están más que contadas (este año, también ahogadas).

Sufrimos por el terrorismo que viene de fuera y por el fraude y la corrupcion que nunca se marcharán de dentro. Tenemos miedo a salir y a quedarnos en casa. Miedo a trabajar y a no tener dónde trabajar. A estudiar para llegar a saber tanto de algo que acabes no siendo bueno para nada.

Miedo a la enfermedad y a que los aveces médicos tengan el precio (también en vidas) de la conveniencia de beneficios de las grandes farmacéuticas.

Miedo a morir pronto y rápido, y más miedo a envejecer más alla de lo razonable si la última etapa de tu vida se ve invadida por el dolor de una lenta agonia, o por el martillo terrible no ya de no saber quién eres, sino de no saber quiénes son los que te acarician con lágrimas en los ojos.

Miedo también a vivir. Ya se sabe que muchos a quienes la vida se les hace corta el día les parece largo; y que peor que morir es no haber vivido.

Miedo de que los mayores se vayan yendo, y de que los pequeños hereden nuestros recelos crecientes.

Miedo a las cadenas, quizá mucho más miedo a la libertad. Incluso a la libertad de decidir. Sobre todo la libertad de decidir vivir sin miedo. Conscientemente libres y tranquilos. Vivos al fin. Nada más y nada menos. Ánimo.

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