Diario de León
Álvaro Caballero
León

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Siempre hay un verano al que volver, sin necesidad de que sea el mismo. Retorna cada año por julio con fonda pagada hasta final de agosto y la promesa de que todo lo que creímos perdido se resguarda en una sima de tiempo a la que asomarse para recuperarlo. No se puede tocar, como todo lo que de verdad importa, pero cabe ahí dentro, en un espacio compartido. Está en la canción de El Último de la Fila con la que descubrimos que la música tenía que ver con nosotros; en las tardes en las que importamos a Maná en dos cintas de casete TDK cromo que habían traído unos mejicanos a Boñar; en el gol de Bertín con el que fuimos campeones del torneo de San Roque con las camisetas por las rodillas de Los rayos rojos; en las partidas interminables a un gol o 10 minutos en el Soto hasta que no veíamos el balón; en la vuelta ciclista con la etapa reina de la subida a Valdehuesa y la cronoescalada de Barrio de las Ollas; en las ciruelas verdes que robábamos trepados a la tapia, pese a que nunca comíamos fruta en casa; en el asiento corrido del camión azul de mi abuelo Lumi cuando íbamos a comprar ganado por los pueblos; en las casetas escondidas en el pinar de Adrados donde hicimos la guerra sin perdedores; en las pozas del Curueño en las que se corta la respiración de quien se atreve a abismarse a ellas; en las excursiones a la cascada de Nocedo con los bocadillos de Margarina que hacía abuela Rogelia; en los saltos de la verja de la piscina por la noche para bañarnos en pelotas, hasta que la Guardia Civil pilló escondido a José en los vestuarios con una novia que no era suya; en los amaneceres en el pantano del Porma con la bruma a hurtadillas por encima del agua para espantar la resaca que nos habíamos bebido a conciencia; en los primeros besos que se te enroscaban por entre los pelillos de la nuca; en los amaneceres en los bancos de la estación de Feve donde nos dejaban empezar a arrimar la mercancía; en las veraneantes asturianas que no recordaban si tenían novio estos dos meses y te hacían creer que podías ser tú; en las cajas de cerveza que diseminamos por las mesas de las Canteronas y la Bolera al jugar al Jia, mientras cantábamos desacompasados con los pantalones en el perchero; en los relojes que perdió mi primo Jorge por los praos de las verbenas de los pueblos para no acordarse de que entraba a trabajar a las 8; en el Seat Fura que se empeñó Sixtín en que sabía hacer cunetas; en las tardes en las que lo volvemos a contar... Es este verano en el que ya estamos.

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