Diario de León
Publicado por
JAVIER TOMÉ
León

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L as cosas llegan cuando tienen que llegar, no antes, y a modo de burlona carcajada del destino, dados sus antecedentes ideológicos, el lunes 18 de julio, fecha de señalada raigambre patriótica para algunos, mi antiguo amigo y fiel compinche Luis Chamorro ha cumplido 60 años, redonda efeméride que es de justicia resaltar en loor a su elevado mérito personal. En esta vida se hace lo que se puede, y luego hay que esperar lo mejor. Pues de esta forma ha transcurrido el periplo personal y profesional de Luisín, un hombre de gustos sanos y nobles ideales crecido allá por las estribaciones de la barriada de San Esteban. Siempre dichoso, glorioso y bizcochoso, después de culminar su carrera laboral en la sacrosanta Telefónica, lleva tiempo saboreando a placer lo que se define como el «pan de la inactividad». Es decir, agradablemente prejubilado y volcado en sus niñas, Lorena y Aroa, y en su eterna novia y esposa Reyes.

Para festejar tan relevante hito, estricta barrera entre los días felices de la juventud y lo que vendrá luego, los colegas le preparamos una fiesta sorpresa con stripper incluida, finísima maquinación perpetrada mayormente por Gelo, Josines Mesonero, siempre ataviado con la bata azulona que es objeto de veneración en el mundillo comercial capitalino por las muchas horas pasadas a pie de mostrador, el doctor Conty, preocupado de que el nivel de cubateo no nos desbordase en sangre, y el gran Amable, también conocido en los ambientes equívocos de la noche como «el tornillero gigoló» debido a su fiereza sexual. Para nuestra sorpresa, Luisín rechazó de forma tajante el intercambio carnal con la pitufona pues, según su decir, él siempre será fiel a Reyes, al PSOE, ya que sigue siendo más rojillo que el tinto de verano, y al Barcelona, cuyos partidos se toma a modo de experiencia pseudorreligiosa. Es más, como prueba de su buena ley, está dispuesto a pagar los cuatro millones de multa que le han impuesto a su ídolo Messi. «Que se ocupe de jugar, que de las cuentas ya lo haré yo». No se le puede pedir más a tan sesentón y santo varón.

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