cartas al director
A Vallejo, prisionero
en el Vaticano (II)
N o es mi pretensión escribir un apunte ni espiritual ni sicológico —maestros hay para ello y ojalá lo hagan—, sino hacer una reflexión breve y honesta sobre el caso Vallejo. La fe más sencilla en Jesús, «la simple fe del carbonero» se halla al extremo opuesto de un hombre al que el poder hizo perder la razón, la honestidad, el sentido de la vida, y es que «el carácter más evidente de todo ello, es la irracionalidad».
Las noticias que nos han ido llegando casi a diario, nos van dejando a unos más perplejos y a otros indignados. Me cuesta creer que aquél que entraba en mi despacho de rector del Seminario de Astorga ocultase ambición de poder tan desmedida que le llevaría a la locura de jugar —ecónomo de una diócesis rural pobre—, con el mismísimo obispo de Roma. Bien que recuerdo sus ojos avizores, siempre insatisfechos, que me hablaban de empresas y sueños pendientes, y que en su fantasía figuraban y cabalgaban billones de euros, botones morados, fajines y solideos, amén de una vida cómoda, dulce y regalada.
Meses ha, en mi primera carta a Lucio Ángel, me negaba a pensar de él como un don Juan enamoradizo. ¡Error…! Pero lo de ahora me cuadra menos, es ver a mi vecino de cuarto tuteándose —en un tuteo indecente y con cartas trucadas—, primero con el papa, y luego con los mafiosos. ¡El colmo, habrase visto!, que dirían nuestras madres. No tengo palabras para describirlo, pero si las tuviera, me negaría a hacerlo, porque sería ponerme a la misma altura que él en la escala de la insensatez, a la que alguien describió como ‘un cierto placer que sólo el loco planea, conoce y disfruta’.
¡No lo puedo creer, me repito una y otra vez! Lucio Ángel ha perdido la mesura, el equilibrio, la razón, porque «si los hombres quisiéramos aprender de la historia, ¡qué clases magistrales no nos daría!, pero la pasión y la parcialidad nos ciegan, y la luz que ofrece la experiencia es una antorcha situada en la popa de la nave que ilumina solamente las olas que dejamos atrás», escribió Coleridge en el año 1831.
Hermano Lucio Ángel Vallejo —cómo negarte el título, máxime en pleno Año de la Compasión— , pero decirte quiero, que hasta para ser un villano y un mafioso, hay que tener clase, casta, mala clase y mala casta, y es posible que tú, amigo Vallejo, ni la tengas ni la merezcas, y lo tuyo sólo haya sido un juego de tronos, versión vaticana, pero sin final feliz. No sé si la cárcel ayuda a madurar, pero recuerda que eres un preso único, privilegiado, millones de hombres en el mundo están privados de libertad
—muchos injustamente—, sé para todos ellos una esperanza de cambio interior, de conversión profunda y sincera. Creo que cualquier lugar es bueno para arrepentirse de lo que no se fue y dar testimonio de lo que se debió ser. ¡Qué gran oportunidad, qué gran negocio, qué gran ascenso te brindan Dios y la justicia divina para tu cercano futuro!
Espero seguir rezando contigo.
EUGENIO GONZÁLEZ NÚÑEZ. PROFESOR DE ESPAÑOL,
KANSAS CITY (USA)
Agradecimiento a
un alcalde eficiente
S oy un vecino de San Miguel del Camino y quiero agradecer alcalde de Valverde de la Virgen, David Fernández Blanco, su proximidad y accesibilidad. Me explico: me encontré con él por la calle le expliqué la problemática que teníamos con el alcantarillado y las inundaciones en la cochera y al día siguiente teníamos a los empleados municipales solucionando el tema, ha quedado chapeau , además están asfaltado la calle, bueno esto ya estaría planificado de antes, pero en unos días han quedado todos los problemas solucionados.
Miguel ángel
Santiago Esteban.
San miguel del Camino