Diario de León
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panorama antonio papell
León

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L os politólogos Elisa de la Nuez y Rodrigo Tena han enunciado la llamada «teoría de la agencia» para explicar la gran dificultad de los pactos políticos en nuestro país, por lo complejo que resulta conciliar intereses diversos. Según dicha teoría, los representantes (los agentes) pueden tener a veces intereses propios no perfectamente alineados con los intereses de los representados (los Principales). De esta manera, puede que un determinado pacto favorezca claramente a estos últimos, que son también electores, pero si no beneficia también a los agentes, es decir, a los propios políticos, no se cerrará nunca. Pues bien, en el caso de un pacto de Gobierno no sólo existe un problema de agencia sino dos: el del líder con relación a su partido, y el del partido con relación a sus electores. Esto quiere decir que el mejor pacto político es el que beneficia a la vez al líder del partido, garantizando su permanencia, a la vez que beneficia también al partido, garantizando que no va a perder votos, y beneficia finalmente a los ciudadanos/electores, garantizando que se va a aplicar el programa que han votado. Si los tres intereses se encuentran razonablemente alineados, la solución resultará sencilla. En caso contrario puede tender a lo imposible, porque habría que poner de acuerdo (al multiplicar los tres sujetos citados por los dos o tres partidos necesarios para llegar a un acuerdo) unos cuantos intereses concurrentes potencialmente contradictorios. En el caso español, hay además factores peculiares añadidos de dificultad: el surgimiento de partidos transversales y la falta de experiencia en pactos de primer nivel.

Si se aplica esta teoría a nuestra actualidad, se entenderá que Mariano Rajoy, cuyo interés es mantenerse en el poder, recele de Ciudadanos porque cualquier concesión puede arrebatarle votos en beneficio de Albert Rivera, y estaría en cambio dispuesto a efectuar grandes concesiones al Partido Socialista porque ello no le resta votos aunque perjudique a sus electores, que verían recortado el programa electoral originario. Casar todos estos intereses que están en juego sólo puede ser posible mediante un alarde de grandeza y de sentido del Estado por parte de todos los agentes, los partidos. Y estos ingredientes escasean en este país. De ahí la dificultad.

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