Reparto de papeles
S u Santidad, que pasó esta semana por Cracovia para celebrar la Jornada Mundial de la Juventud, ha pedido que no se entre en el mortal juego de la guerra entre religiones, como si hubiera otras. Todas encubren el pánico al más allá con el deseo de vivir lo mejor posible mientras dure nuestra estancia terrestre. Como en casa de uno en ninguna parte, aunque esté hecha un asco. El mundo es una finca manifiestamente mejorable, que nadie ha sabido mejorar hasta ahora, ya que las creencias religiosas se han entendido como dominios territoriales. Ha sucedido siempre, pero hay que reconocer, a poco que uno se asome a la historia sin sentir vértigo, que Constantino era un tipo de mucho cuidado. Ahora, cuando nos ha estremecido el horripilante asesinato de un anciano sacerdote, degollado al pie de su altar, no parece el momento más oportuno para que el buen Papa Francisco se niegue a hablar de guerra de religiones. Muchos católicos, que siguen siendo una minoría estadística entre los creyentes planetarios, ponen en duda si este buen hombre e inmejorable argentino fue una opción de la célebre paloma del Espíritu Santo o tiene algo de palomino atontado. ¿Cómo negarse a entrar en el juego de la guerra entre religiones? Ha sido siempre el más entretenido y el más sangriento desde que nuestros antepasados arbóreos sintieron miedo, una noche de tormenta, mientras las fieras, que nunca han estado desganadas, seguían acechándoles.
El siempre doloroso reparto de papeles entre hambrientos y comensales no ha variado sustancialmente, pero cada vez hay más cocineros y más sumilleres a la medida que aumenta el número de famélicos. Quizá la crisis del mundo coincida con la decadencia de la resignación. Nadie acepta el papel que le haya asignado el director de escena, que por cierto nunca ha dado la cara. Los que creemos en Cervantes aceptamos su consejo: desconfiar del caballo por detrás, del toro por delante y del clérigo por todos lados.