Diario de León
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EL BAILE DEL AHORCADO. CRISTINA FANJUL
León

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Tenemos todo el derecho a fastidiar a nuestros hijos. Se ha hecho así a lo largo de la historia, y ya sabemos que estamos condenados a repetirla. Que si quieren llamar Lobo a su hijo, pues oye, allá ellos. Cuando nació mi hermana, mi madre quiso ponerle Paloma y mi abuelo se negó. ¿Y por qué no ternera? le dijo, así que Maripili tuvo que esperar a que naciera la cuarta para grabarle la gracia picassiana. Leo que los hay aquí, en España, que han puesto a sus hijos Lady Di, Supermán o Pamela Anderson. Supongo que habrá sido para forjarles el carácter, porque les han condenado a una vida de humillaciones.

Esto da para muchas bromas, pero a ninguno de nosotros nos gusta llamar la atención por el nombre. Vamos al caso. No hay color, por ejemplo, entre Canuto y Marcelo. Si te llamas Marcelo y eres feo, al menos te llamas Marcelo. Si te llamas Marcelo y eres un adonis, encima te llamas Marcelo, pero si te llamas Canuto ¿qué? ¿Qué puedes hacer? Hagas lo que hagas, el nombre te determina, como si fueras luterano. Eso también tiene sus ventajas, no se crean. La fatalidad, digo.

Tengo un amigo francés que llamó a su hijo Corto. Cuando me lo dijo, no era capaz de entenderlo, hasta que me informó de que era un homenaje al Corto Maltés. Y claro, no es lo mismo pronunciar Cogtó, con acento de Neuilly, que hacerlo como si fueras murciano. El problema es que en España no somos franceses y nuestras vocales son las que son: cinco. No hay más. Así que si llamamos a nuestra hija Lady Di es para pronunciarla con la ‘a’ española y no con la inglesa, lo que equivale a que, al final, la mayoría crea que la niña se llama Ladislada.

Los padres del próximo cachorro en entrar en la camada de los ‘lobos’ creen en la magia, creen que al ponerle a su hijo ese nombre le están confiriendo las propiedades del animal. Hay algo demiúrgico en este comportamiento. Es como si pensaran que al pronunciar una palabra están creando una nueva realidad, que es lo que llevamos haciendo desde que pusimos en marcha la historia. Al nombrar el mundo, lo recreamos. Lo malo de todo esto es que antes poníamos a nuestros hijos César o Luis, y hoy si queremos que sean reyes, les coronamos con Leo Messi o Maradona. Así, degenerando...

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