Embajada en el Zapardiel
E sta tarde, en el jardín de la Sinagoga de Astorga, una sesión poética expresa el homenaje al pueblo cepedano de Oliegos, desalojado hace setenta años, para poner broche al embalse de Villameca, que fue el primero de la provincia leonesa. Los transterrados de aquel éxodo llevaron a Foncastín, en el Zapardiel vallisoletano, sus ganados y aperos, las costumbres cepedanas en la guarda de las veceras y en la carga de los carros. Llegaron para las Navidades de 1945, después de haber gastado diecisiete mil pesetas de entonces en el traslado, y tuvieron que refugiarse en las corralizas del marqués, porque las casas del nuevo poblado todavía iban a tardar seis años en construirse. Aquella mudanza forzada les había soplado los cuatro millones y medio de la indemnización, para pagar sus derechos al marqués de la Conquista, descendiente de Pizarro, y todavía los empeñó durante veinte años más con el Instituto de Colonización. Para que las propagandas sigan hablando de regalo. Y para colmo, tuvieron que gestionar el áspero malestar de los jornaleros de la finca, temerosos de perder el empleo de sus brazos. Desde el año pasado, una de sus descendientes, María Dolores Mayo Magaz, es alcaldesa de Rueda, la capital de los vinos blancos de España.
A pesar de los quebrantos y duelos del destierro, los cepedanos enseguida descubrieron la fertilidad agrícola de aquella amplia hondonada del Zapardiel para el cultivo de remolacha. Todavía hoy, después de más de setenta años desde su llegada, el caserío blanco de Foncastín se reparte la solana con las corralizas del marqués. Un arco, rematado por una hornacina vacía y una veleta con gallo, marca la frontera entre la pulcritud y la mugre. La plaza es el cogollo de Foncastín, en el que se alzan la iglesia y la casa del concejo. En medio, la imagen de una mujer con azada preside el recinto mirando a las campanas traídas de Oliegos. El interior de la iglesia guarda los santos rescatados del pueblo antiguo junto a la sorpresa de un mural espléndido, obra del artista Manolo Rivera, uno de los integrantes del mítico grupo El Paso. El otero que respalda al caserío ofrece un mirador inmejorable hacia las lomas forestales del entorno y sobre la hondonada del Zapardiel, donde destaca solitario entre sembrados el torreón medieval de vigilancia. Un río remansado en el humedal del valle, que más recuerda al Zapardiel cervantino «famoso por su pesca» que al cauce seco que atraviesa Medina del Campo. Aguas arriba, en Carrioncillo, hubo un palacio renacentista en el que creció el rey Alfonso V el Magnánimo, y estuvo a punto de palmar una tarde de 1513 Fernando el Católico, por un brebaje para tener descendencia masculina que le administró Germana de Foix, su segunda mujer.