Diario de León
Publicado por
Hojas de Chopo Alfonso García
León

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L a palabra carambola tiene un notable valor polisémico que en nuestro uso diario posiblemente se incline más hacia el lado del sentido figurado. Si elegimos añadir peligrosa, la casuística se dispara. Si la noticia se limita o acota a muertes producidas por las carambolas, el asunto, además de profundamente doloroso y dramático, no tiene fin. La realidad supera la ficción también aquí.

Me imagino la escena en la mañana del día 1 de diciembre del año pasado. A la vuelta de la esquina. Una pareja de ancianos —81 años él— «se encontraban sentados en un banco» en «la calle Enrique Madrid de la Plaza Manila», de Alicante. Pasaban quince minutos de las once de la mañana. Buena temperatura. La dulce compañía les permitía contemplar la vida desde el recuerdo silencioso, las miradas perdidas. Hay silencios que cuentan toda una vida.

No sabemos qué se le pasó en ese momento por la cabeza a una mujer de 48 años. Hay conexiones impredecibles. Incluso hartazgos. Estaba en su casa, un piso alto del edificio. Salió al balcón y se precipitó al vacío. Al parecer —la noticia estaba aún caliente para afirmarlo con rotundidad— la mujer pretendía suicidarse. Pretendía. La ingresaron urgentemente en el hospital. El anciano de 81 años, sin embargo, murió en el acto a causa del impacto del cuerpo de la mujer que, en principio —no sabemos más de ella— tuvo que aplazar el suicidio para otra ocasión. Ojalá no haya sido así.

Ver para creer.

Marciana da Silva Barcelos, de 67 años, acaba de quedarse viuda en la localidad brasileña de Tapes, en el estado de Río Grande do Sul, al sur del país y fronterizo con Argentina y Uruguay. Cumpliendo con la voluntad del difunto de ser enterrado en su pueblo, un coche fúnebre trasladaría el ataúd. Marcela «viajaba en el asiento del copiloto», abrumada por el dolor y la pena. En un momento del trayecto «un turismo que circulaba en el mismo carril alcanzó al coche fúnebre por atrás haciendo que el ataúd se desplazase». Marciana da Silva Barcelos, de 67 años, que había quedado viuda apenas unas horas antes, «murió al ser golpeada por el ataúd de su marido». En el acto. Parece que el impacto en la cabeza fue violento y seco. El conductor, atónito y conmocionado por el panorama, tuvo que ser trasladado a su casa, donde pasó unos días cabizbajo y lloroso, bajo los efectos de no pocos tranquilizantes.

Era el día 11 de noviembre de 2008. La noticia apareció en los periódicos al día siguiente. Puntual y precisa.

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