Diario de León
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LEÓN EN VERSO. LUIS URDIALES
León

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Los pueblos leoneses que tienen la cartilla más esplendorosa de la caja ya no son los que asiste el cura los domingos a lomos de un buga como el que iba a servir de huida a las del río, aquel día que mataron a Carrasco; aunque en azul marino, tipo utilitario de Camorra y don Tomassino. A dónde van los pinos de León que no generan riqueza en esta tierra es ya título de un ensayo económico sobre las oportunidades que vuelan, el tiempo que pasa y no vuelve más, sobre la generación de leoneses que está por nacer y vendrá al mundo con un billete bajo el brazo. Pero un billete de tren. Para ver manteca en los pueblines de León está la ruta de los pinos; la senda se estrecha entre casas que rozan los verales entre pecho y espalda, travesías de bicicletas con niños veraneantes aterrorizados por los siete ejes y los treinta mil kilos de troncos apilados que salen de León por la misma puerta que la fortuna. En cada camión se esfuma de polizón el desarrollo y no hay político que levante la voz contra el expolio. Hace falta una rueda de prensa en la sala oval de la avenida de Peregrinos para contar a dónde van los pinos. Cuánto dinero no ganarán, que vienen a diario hasta de Burgos a cargar la entresaca. Pasta en torrente de resina caliente. El pino se va como el agua, valle abajo hasta canales inventados, hasta la industria maderera que aquí no llegó, o llegó como el placebo que sólo amenaza con aliviar el dolor de cabeza. La canción del pinar tiene los mismos acordes que el resto de la materia prima que sale de esta tierra sin dejar más que el tocón y cincuenta años de la raíz que mamó del suelo y del sudor de la gente. Es un blues de jornalero sin jornal, de esclavo sin campo de algodón. Se lo llevan crudo en camiones que no son de aquí, chóferes que no son de aquí, maderistas que vienen hasta con el gasóleo en garrafas. Y en la ruta, amenazan a la gente con la muerte en la cuneta de caminos inmundos, sin guardia civil ni autoridad que los proteja. A dónde van los pinos de León lleva, al fin, a tirar de un hilo que acaba en los despachos de la licitadora que, —oh, sorpresa— se llama igual que los entes que ansían soplar esa tarta de diez mil velas del alumbrado público en la capital leonesa. Se van los pinos robustos sin dejar un puesto de trabajo en el lugar que los vio crecer. Esa es la tragedia repetida que persigue a este León: otra vez a perder un partido, y sin tocar el balón.

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