Urnas y egolatría
C uatro líderes como cuatro soles. Aquí los tenemos de nuevo, después de meses dándose patadas en nuestro culo, dispuestos a librar el sainete de un nuevo naufragio. Con la boca llena de las mismas miasmas, las promesas oxidadas y el diálogo sin estrenar, envuelto en papel como un regalo. Urnas y egolatría. Moncloa triste y sola. Es la democracia en bucle, atrapada en el día de la marmota, al gobierno por agotamiento.
El líder mudo y en funciones calla y otorga. Apagó el móvil nada más bajar de la terraza del triunfo y se puso en modo avión a verlas venir. Pretende ahorrar batería, dejar de recibir malas noticias de la familia, alcanzar el segundo mandato como todos los presidentes «grandes» que hemos tenido. Su aspiración es conquistar la historia y, silencio a silencio, seguir gobernando un país de eslogan.
El líder chisgarabís, enreda que te enreda, de resultado histórico en resultado histórico, de victoria en victoria hasta la derrota final. Dispuesto a agotar el refranero, ni come ni deja comer, como el perro del hortelano, y, profundamente humano, es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Erre que erre y ríase la gente. Su único horizonte es él.
El líder veterotestamentario, del linaje de la estirpe de David, como un Moisés demediado, dirige al Colegio Mayor a través del desierto de la ideología, sorteando las zarzas. Ha visto que no es la hora de su pueblo e incluso que tal vez él no era el enviado, pero mira a su alrededor y no halla sino chapuzas y desunión, asambleas de arena. Calla y observa. Sabe que pierde su fuerza por la boca. Que hizo un pacto que no sumó. Que ya tocó techo como profeta del Antiguo Testamento. Así que tuitea.
El líder dialéctico, ajeno a su futuro menguante, reúne a su equipo de debate y suelta proposiciones para todos menos para él mismo. Quiere ser centro, el justo medio, el niño en el bautizo. Y puede convertirse en el muerto en el entierro. Entre la tesis y la antítesis, aspira a ser la síntesis, pero ya huele a hipótesis fallida.
Cuatro soles enrocados. Y todo un país esperando que, con los calores de agosto, comiencen a deshacerse sus egos.