Diario de León

TRIBUNA

Una calle en León para Antonio García Ballesteros

Publicado por
Víctor del reguero Historiador y escritor
León

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C oincidiendo con el ochenta aniversario del golpe militar que, en 1936, desencadenó la guerra civil y cuarenta años de dictadura franquista, se ha venido a recordar a algunos que el callejero de León todavía mantiene, en la más absoluta ilegalidad, los nombres propios de determinados actores y pasajes de aquel cruento escenario. El asunto toma actualidad a raíz de una denuncia al Ayuntamiento por el «manifiesto incumplimiento» de la Ley de la Memoria Histórica, aprobada por las Cortes en 2007. Una ley que determina en su artículo 15 que «las administraciones públicas, en el ejercicio de sus competencias, tomarán las medidas oportunas para la retirada de escudos, insignias, placas y otros objetos o menciones conmemorativas de exaltación, personal o colectiva, de la sublevación militar, de la guerra civil y de la represión de la dictadura».

El listado de más de treinta nombres de calles, avenidas y otros espacios públicos de la ciudad que ha trascendido contiene varios errores de bulto que, con siquiera una somera consulta de bibliografía esencial, habría dejado fuera del mismo al coronel Luis de Sosa, un liberal progresista decimonónico que falleció un siglo antes de la guerra civil, o a Gabriel Fernández Cadórniga, político bañezano cuya calle le fue dedicada en 1899, un año antes de su muerte. Son dos ejemplos, pues habría más, más discutibles si se quiere, como Álvaro López Núñez —cuya avenida fue nominada en 1927, mucho antes de la guerra en que moriría asesinado en el Madrid republicano—, o el obispo José Álvarez Miranda, del que recientes publicaciones han confirmado que pidió clemencia para algunos condenados a muerte, el más emblemático el alcalde socialista Miguel Castaño.

Tal circunstancia puede servir para mostrarnos el poliedro que terminan siendo todas las vidas y, por tanto, también las figuras históricas. En ellas se unen, como en el recorrido vital de cualquiera de nosotros, luces y sombras, aciertos y errores, suertes y desdichas, que vistas con perspectiva tienen que equilibrarse en su conjunto, sin que incluso los eventuales juicios que puedan emitir un historiador o una corriente de investigación hubiera necesariamente que tomarlos por definitivos, pues es probable que sean matizables y, en todo caso, posibles futuros datos podrían arrojar más luz o poner en tela de juicio tesis o aspectos dados por sentados. No sería la primera vez. Por ello, son convenientes prudencia y respeto con la memoria de unos y otros a la hora de valorar si hoy determinadas figuras del pasado tienen, desde parámetros de objetividad y equidad, legitimidad para nominar hoy los espacios públicos en los que compartimos nuestras vidas. Entendida tal nomenclatura, piensa uno, como muestra de reconocimiento público hacia una figura histórica a la par que como elemento de memoria colectiva para con ella, siendo siempre necesario que las sociedades tengan referentes, máxime en tiempos de decadencia como estos.

Dicho lo cual, tiene una gran complejidad discernir si el obispo Luis Almarcha hizo en su largo episcopado méritos para tener calle en su honor, que puedan o tengan que anteponerse a su inequívoca vinculación con la dictadura. Por tales méritos podrían tenerse, por ejemplo, su sensibilidad en la salvación de bienes del patrimonio histórico-artístico o su vocación social, con la creación de instituciones como la cooperativa de casas baratas de Las Ventas. Unas actividades que en gran medida le fueron posibles desde sus cargos en el franquismo; el más relevante, procurador en Cortes, designado por Franco y que ostentó durante prácticamente todo el régimen, por no hablar de su cuestionable papel en la guerra civil en su Orihuela natal, historia de Miguel Hernández incluida. En la misma línea de la complejidad, podrían citarse otros nombres, algunos tan recientes como el de Manuel Fraga o el de Rodolfo Martín Villa, pero incluso más difícil sería desgajar la figura de Mariano Domínguez Berrueta, que muchos años antes de la guerra civil y la dictadura en que ocupó determinados cargos políticos, fue catedrático y director del Instituto de León y autor de una nutrida obra escrita que abarca desde novelas a estudios de temática regionalista. La calle cuya placa luce su nombre se colocó en 1955 en reconocimiento de su casi medio siglo de enseñanza en la ciudad, amén de otros honores que mantiene, como dar nombre a la Biblioteca Regional de la Diputación.

En cambio, si bien algunas nomenclaturas son matizables o discutibles, de otras no cabe cuestionar su eliminación por ser en sí mismas apología de la guerra y la violencia, y por estar dedicadas a los responsables implícitos o explícitos de centenares de muertes. Son Alcázar de Toledo, Alférez Provisional o el general Vicente Lafuente, golpista y represor destacado, junto con la serie de calles de militares de Armunia (Mola, Aranda, Millán Astray, Sanjurjo o Yagüe) o la Avenida de José María Fernández -antes Avenida del Ejido-, bautizada así en 1967 en homenaje a un joven de 17 años, voluntario falangista y considerado el primer leonés muerto en el frente de Guadarrama.

Por último, si bien un tema de esta naturaleza debería dirimirse no tanto en el terreno de la jurisprudencia sino el del reconocimiento histórico y la voluntad popular, podría ser conveniente abrir una propuesta de nombres e ideas para los espacios que queden sin nombre, reparando figuras arrinconadas en el olvido o la ignorancia o el desprecio en la memoria colectiva de la ciudad. A buen seguro que no serían pocos los hombres y mujeres a sugerir y motivar, pero no me resisto a citar aquí a Antonio García Ballesteros. Fue un prometedor industrial de Benavides de Órbigo que fijó sus miras en León. Heredero junto a su hermana del prado de San Marcos, ambos promovieron la urbanización de esa zona del Ensanche; pero sería él quien propondría un nuevo proyecto para la traída de agua de la ciudad, con la captación de aguas subterráneas del río Torío en las cercanías de San Feliz. Las obras, que sufría un retraso de casi un cuarto de siglo entre polémicas e intereses, le fueron adjudicadas en 1923 junto a la concesión pública, que traspasó a la sociedad Aguas de León. Sin embargo, aunque el año siguiente dio inauguradas las dos primeras fuentes —en la calle Ancha y Santo Domingo— y en un lustro el tendido de tubería y alcantarillado había alcanzado ya 150 calles, los intereses y las cuitas de una ciudad pequeña hicieron claudicar al promotor, que, arruinado, vio perdido todo su patrimonio con la subasta de los solares que le quedaban por vender en el Ensanche. La caída de Antonio García Ballesteros, símbolo de los tiempos del crack del 29 con que terminaron abruptamente los felices años veinte, se resumirá cuando, en 1934, con él ya muerto, los tres periódicos de la ciudad —Diario de León , La Democracia y La Mañana —, de ideologías y ópticas tan dispares, coincidieran en la unanimidad de iniciar una suscripción pública pidiendo caridad para su viuda y sus tres hijos menores, que vivían prácticamente en la enfermedad y la indigencia. «De la opulencia a la miseria», tituló la prensa, para recordar a «aquel leonés, tan enamorado de su tierra, hombre emprendedor e incansable, a cuya iniciativa se debe la traída de aguas a León, con la que tanto mejoró la capital y trabajaron y comieron tantas gentes. A él se debe también el ensanche de la región norte de León, el León moderno… Fue un leonés de fortuna cuantiosa que, como precio a sus múltiples actividades, tuvo la pobreza en la estricta acepción de la palabra».

Por aquellos días, el Ayuntamiento de León acordaba en su sesión del 16 de agosto de 1934 dedicar una calle a su memoria y otra a Juan de Madrazo, uno de los arquitectos que hicieron magia en la restauración de la catedral. La primera quedó en el limbo, la segunda aún existe como tal. Es justo que el hombre que hizo de León un lugar mejor para vivir y que apostó por una ciudad moderna, entendiendo los negocios no sólo como un enriquecimiento personal al máximo exponente sino como la posibilidad alícuota de participar desde ellos en avances compartidos para todos, tenga por fin una calle de la dimensión y las características que merece.

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