TRIBUNA
Una apuesta que merece la pena

M i profesión de enólogo me permite muchas veces recorrer la geografía vitivinícola española y no me canso de sorprenderme de la riqueza en variedades de uva que tiene nuestro país, muchas de ellas fueron arrinconadas o en el peor de los casos perdidas, mientras que otras, gracias en parte a la labor de algunas denominaciones de origen, empiezan a ocupar el sitio que les corresponde por sus singularidades de calidad a la hora de elaborar vinos.
He venido a León para ayudar a poner en marcha una nueva bodega que se unirá a las cuarenta ya existentes en la Denominación de Origen Tierra de León y que como no podía ser de otro modo utilizará mayoritariamente las uvas autóctonas Pietro Picudo para los tintos y Albarín para los blancos. Esta última tiene todas las posibilidades de convertirse en un reclamo para la viticultura de la zona por su personalidad y características.
He tenido la suerte de probar varias referencias y todas son muy diferentes. La uva Albarín tiene un recuerdo a vino de antes y me aventuro a decir que puede ser por su escasa y dispar implantación en León, la heterogeneidad de sus plantaciones aún jóvenes y la falta de definición de producto final de sus elaboradores, es un lujo y un reto que necesita tiempo para entenderse con el ser humano y la naturaleza, como hicieron sus hermanas leonesas Godello y Mencía.
Solamente contar la historia de esta uva pre filoxérica, sobrevivió a la terrible plaga que destruyó prácticamente las viñas del mundo en el siglo XIX, ya atrae lo suficiente como para hacerle un hueco en nuestra atención y si además, le añadimos buenas posibilidades para elaborar blancos de calidad, esta uva asturiana que un visionario leonés trajo al Páramo hace treinta años tendrá el éxito que apunta y se merece.
El vino blanco se está imponiendo cada vez más, mientras el consumo a nivel mundial de vino tinto lleva varios años estancado, los rosados y más aún los blancos no dejan de crecer con porcentajes significativos. En Castilla y León estamos asistiendo a un fenómeno espectacular con el desarrollo del Verdejo, una uva que apenas contaba en el mercado nacional hace pocos años y que ahora, no hay bodega de nivel que se precie que no invierta para elaborar vinos blancos de esta variedad.
La expansión natural de esta uva se debe en parte a que el terreno natural del Verdejo se trabaja fácilmente y permite su crecimiento en superficie. La tecnología en bodega es fácilmente reproducible y sus costes son muy asumibles, lo que permite su crecimiento rápidamente. El Verdejo nos está proporcionando muchas alegrías y alguna que otra preocupación cuando se abusa y se busca la rentabilidad rápida y a corto plazo, perjudicando el producto.
La Denominación de Origen de Rueda ha sido el mascarón de proa de los vinos blancos castellanoleoneses, pero en nuestra comunidad hay mucha uva blanca por descubrir y poner en valor. A lo mejor no hay que producir grandes cantidades, porque la orografía del terreno no lo permite, o la variedad no se adapta a determinada climatología. No se puede crecer en cantidad, pero sí en calidad.
España es un país de excelentes vinos tintos reconocidos internacionalmente desde hace varias décadas en concursos y mercados y ahora tiene la oportunidad de reinventarse con la elaboración de vinos blancos, productos ampliamente dominados por franceses y centroeuropeos, y que aquí apenas hemos prestado atención cuando disponemos de algunas magnificas variedades autóctonas olvidadas y de las que Castilla y León puede presumir; Albarín, Godello, Albillo, Rufete…
Estas uvas alcanza su máxima expresión y su máximo compromiso en terrenos difíciles, son rusticas en su ADN y dejan su impronta en cada trago siempre que se alimenten de estas tierras. Ya hemos tenido experiencias en los últimos 15 años de vinos obtenidos de cualquier terreno que la delimitación administrativa marcaba y esto ha sido el principio de la homogeneización de un producto, el vino, que debería ser una experiencia diferente en cada bodega.
Estamos viviendo un punto de inflexión respecto a este tipo de variedades minoritarias. Las nuevas generaciones están preparadas como ninguna antes para tomar el relevo de aquellos que abrieron camino en hacer vinos de calidad y singulares. La tecnología existe y la formación de los profesionales jamás ha sido tan buena, pero son muchas las dificultades. Los circuitos comerciales no la fomentan, la administración no ayuda lo suficiente, el empresariado en general no es sensible a su valor y el consumidor apenas sabe de su existencia.
Debemos luchar para que se valore en mayor medida el patrimonio, la cultura, el trasfondo social y el esfuerzo que supone trabajar estos retazos de historia. La Albarín forma parte de ello, su futuro debe ser prometedor. Hay que ayudarla, mimarla y dejarla crecer. Merece la pena.