Sin justicia por lenta
Justicia lenta no es justicia. No quiere decir que haya que precipitarse en juzgar un delito, pero tampoco que se eternice tanto la causa como para que prescriba y los culpables se vayan de rositas, mientras las víctimas se sienten desprotegidas o, lo que es peor, que su sacrificio fue en vano. Especialmente cuando no lo han buscado, cuando les ha llegado en el cumplimiento de su deber. Un deber que antepusieron a su propia integridad y la sociedad, y la justicia (que es una parte importante de ésta, ya que le sirve de amparo) no cumplen con el suyo, con su deber, que es poner a los criminales entre rejas y dar a las víctimas la pírrica reparación que nunca palía ni resarce el daño, pero que lo hace más digerible.
Viene esto a cuento del reportaje que publicó ayer este periódico con el título «Siete casos de leoneses asesinados por ETA han prescrito y sólo dos se han podido reabrir». Al leerlo me han venido a la cabeza un montón de recuerdos, porque yo sentí el dolor de aquellas familias que no podían entender lo que pasaba para que uno de los suyos recibiera sepultura.
Recuerdo aquellas gentes sencillas, agricultores curtidos por el sol, que se reunían en las pequeñas iglesias de los pueblos leoneses para despedir a uno de los suyos, con el que meses antes habían jugado a las cartas en el bar en la anual visita vacional del guardia civil con destino en el País Vasco. Por causas tan graves como quitar una ikurriña (bandera entonces prohibida), perdía la vida un guardia civil cuyo único pecado era vestir el uniforme verde para dar de comer a su familia. Había salido de un pueblo leonés, como tantos otros jóvenes ahora, para buscarse la vida y encontró trabajo en la Benemérita tras un duro examen y un destino más duro todavía en unas provincias a las que nadie quería ir, pero no les quedaba otro remedio. Por eso me parece una broma muy pesada que cuarenta años después (1976-2016) la causa de la muerte de Miguel Gordo haya prescrito y también las de otras seis víctimas de ETA y nadie haya pagado por ello.
No era eso lo que se sentía en el luto de los pueblos cuando se enterró a las víctimas. Entonces nadie podía imaginarse que esto terminaría así. Su muerte fue en balde. Cuando ahora se rebuscan indicios en la memoria histórica se olvidan estas otras víctimas. Es duro darse cuenta de que no todos somos iguales.