Diario de León

Publicado por
Faustino Merchán Gabaldón Ingeniero y escritor
León

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L os hombres y prohombres que forjaron la historia y el carácter de España y su pueblo, parece que han caído en el olvido de los actuales españoles que conforman nuestra geografía desde Finisterre a Tarifa, lo cual produce un patético pavor, espanto, tristeza y horror en la inteligencia y en el sentimiento patrio a todo español bien nacido. Personajes como Santiago Ramón y Cajal, Leonardo Torres Quevedo, Juan de la Cierva, el general Prim, los héroes de Trafalgar, García Morato, Arturo Soria, y un largo etcétera, podrían ser sustituidos en cualquier momento por otros como Pedro Zerolo, Manuela Carmena, la del manojo de rosas, la segunda república española, etc., por mor de los personajes de la actual política populista y populachera, que buscan la liquidación del Estado de bienestar español, y nuestro modelo de civilización, basado en la libertad individual de las personas y en los derechos humanos, tejido a lo largo de mucho tiempo por todos los españoles dignos de calificarse como tales, y convertir a España en un país en decadencia y miseria moral e intelectual.

No hay más que recordar el Panteón de hombres ilustres de Madrid, ahora que estamos sensibilizados por la recuperación de la memoria histórica, una construcción masónica de principios del XIX, junto a la Basílica de Atocha, bajo el impulso de la reina regente María Cristina, apenas conocido y visitado por los madrileños, constituido por una docena de mausoleos de los generales Prim, Castaños, Concha y Palafox, presidentes de gobierno como Sagasta, y los tres asesinados, Cánovas del Castillo, Dato y Canalejas, y escritores como Galdós, algunos de ellos masones.

Pero siempre habrá gente que quiera defender lo indefendible. Por eso el progreso de la Humanidad parece que continuará siendo «un pasito pá alante y otro pasito pá atrás». Se trata de dar valor a lo irrelevante y restarlo a lo meritorio, a la historia, a las costumbres, a la cultura y al conocimiento, y sustituir lo que quede de pensamiento digno por zafiedad, pero es lo que hay, aparte de los delirios del pan y circo, por medio del ‘fúrbo’ y la telebasura, etc., sin olvidar los refranes populares como «el tuerto en el país de los ciegos, es el rey» ; o la vieja estrategia del «divide y vencerás».

Mientras la mayoría de los españoles se niegue a pensar por sí misma, y a dejar que sean unos pocos los que piensen por todos, decidiendo por todos nosotros lo que merecemos o no, lo que debemos hacer, cómo debemos actuar, sin poder ser nosotros los que les ordenemos a ellos cómo pueden actuar, sin poder expulsarlos del poder, si realizan mal sus funciones, como debería ser si estuviéramos en una democracia verdadera, con los poderes del Estado separados y controlados mutuamente entre sí; mientras esto sea así, decía, no saldremos de este bucle de propaganda y manipulación infame y bochornosa que tiene a la mentira como máximo garante de un régimen putrefacto, que puede hacer desaparecer como tal a una vieja e histórica nación, como es España.

El perfil del político ideal que dibujan los españoles a través de las encuestas está por encima de si es hombre o mujer. Eso sí, debe caracterizarle una cualidad indispensable: la honradez. Preferiblemente apuestan por un dirigente con experiencia exitosa en el ámbito privado o en el público, es decir, muy alejado del actual perfil de mediocres «empleados del partido», que rodea a nuestra llamada clase política, que sea buen gestor, en detrimento de la juventud y de la afinidad ideológica. Debe anteponer los intereses del país a los de su propio partido político y, en caso de necesidad deberá ser capaz de tomar medidas antipopulares. La cualidad más demandada en un político es la honradez, que se considera es la principal de las condiciones exigibles para aquellos que se dedican al servicio público.

El pueblo español no tiene realmente quien le represente ante el Estado, al votar listas cerradas de los partidos políticos, y carecer de separación de poderes, tal como acabó con ella el primer gobierno socialista, es decir, el pueblo no tiene ciertamente ningún control sobre el Estado, porque no hay humildad ni generosidad, que es lo que debería de haber en los políticos, y como expresaba aquél pensador, «mientras no haya gente buena con buenos propósitos, y sobre todo, honradez ,en política, no habrá gobiernos buenos», pues falta generosidad y grandeza de espíritu y de miras para dejar que gobierne aquel que gane. Patético. Porca miseria.

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