Diario de León
Publicado por
CUARTO CRECIENTE. CARLOS FIDALGO
León

Creado:

Actualizado:

Osidio es el nombre de una constelación inventada. Un arco y una cruz, unidos por una línea imaginaria entre las estrellas.

Osidio sólo aparece en las noches de invierno, y en aquellos lugares que están a salvo de la contaminación lumínica. Para descubrirla entre la Osa Mayor y Casiopea hay que tener un poco de imaginación. Ser un poco soñador, y un poco insomne a la vez. Y haber visto una película de la década pasada que lleva el título —en su versión original en inglés— de un verso del poeta del siglo XVIII Alexander Pope: Eterno resplandor de una mente inmaculada.

Es una historia de amor enrevesada, como la vida. Comienza en una playa de Montauk, en el estado de Nueva York, una mañana de invierno, y termina en el pasillo desangelado de un edificio de apartamentos, con sus dos protagonistas enfrentados al deterioro que acecha a todas las parejas con el paso de los años.

Por el medio hay un río helado, una noche estrellada, una constelación de mentira, la memoria, que se deshace. Un coche abollado, una empresa que se dedica a borrar los recuerdos molestos, un hombre que se esfuerza por retenerlos, y una charla entre dos extraños que se conocen muy bien mientras viajan en un tren de cercanías.

Hace dos noches que puse en mi casa el DVD de esa película, premiada con un merecido Oscar al mejor guión original para Charlie Kaufman porque rompió con todas las convenciones narrativas de la comedia romántica y nos contó una historia de amor de una forma nueva.

‘Ahí está Osidio,’ le decía el protagonista a la chica con el pelo teñido de azul, acostados los dos en un río de hielo. Cuando terminó, me asomé a la ventana. Busqué un arco y una cruz en el cielo y no vi nada. Sólo una nebulosa de luz, que se desprendía de las farolas como en un relato de terror y lo devoraba todo.

Entonces me acordé de Borges. De aquel cuento tan extraño, Funes el memorioso, sobre un hombre postrado en una cama que lo recuerda todo, hasta el detalle más insignificante, porque lleva muchos años sin dormir y el sueño nunca le depura la memoria.

‘Osidio no existe’, murmuré. Y me fui a la cama decidido no pelearme nunca más con el insomnio.

tracking